Jonathan Maicelo es un ‘depredador’ en el ring. Cada vez que sube a esa jaula solo piensa en tumbar todo lo que está en frente. Es su modus operandi. “Fuera del ring tengo amigos, pero dentro no conozco a nadie. Allí yo solo pienso en noquear a mi oponente. Tengo que hacerlo para poder escalar hacia mi meta”.

El boxeador chalaco tiene hambre de gloria. Un solo pensamiento ocupa su mente: ser campeón mundial. Lo ha demostrado en sus diez peleas profesionales, la última ante el mexicano Javier Gallegos, el último fin de semana, en la defensa del título mundial de Kina Malpartida. En aquella ocasión, su rival sintió el peso de sus puños cerrados que más parecían granadas de guerra. No lo noqueó, pero le demostró, en 10 rounds, que el guapo es él.

Maicelo confesó que Gallegos trató de trabajarlo a boquilla. “Me decía ‘chinga tu madre’, que era un pendejo (maricón) y que me iba a ganar”. Pero él, acostumbrado a esas y otras frases aún más bravas, no cayó en su juego y actuó a la inversa. “Lo empecé a picar para que pierda su guardia y luego lo aniquilé”.

Peleador sin ley

Maicelo salió del temido barrio de San Judas Tadeo, en Los Barracones del Callao: una selva sin ley donde abundan las fieras salvajes. Allí creció y aprendió, desde pequeño, a meter golpe para sobrevivir. Quizá por eso sea desfachatado, agresivo, natural en sus expresiones y hambriento en el ring.

“Mira compare, yo soy como me ves: sencillo, digo las cosas como son y punto. No uso palabras rebuscadas. Yo soy de barrio, por eso la gente me quiere y me respeta”, dijo mientras caminaba por las calles de Barranco y muchos se acercaban a felicitarlo por su pelea del último sábado.

A la hora de la sesión fotográfica, abajo del Puente de los suspiros, no puede evitar que quienes pasan por allí saquen su celular con cámara y le pidan tomarse una foto con él. “La fama no se me ha subido a la cabeza. Siempre seré el Maicelo sencillo que todos conocen”, dijo y recordó que hace doce años estaba “en la calle”.

Unos amigos de su barrio que practicaban boxeo, lo vieron pelear en una esquina y lo llevaron a entrenar a una academia. Al inicio era rebelde, pero poco a poco se dio cuenta que la disciplina es la base de todo éxito.

Guantes de oro

Siempre que le preguntan por sus aspiraciones, él responde de manera automática y rápida, como un recto de derecha: “Solo quiero el cinturón mundial”. Por eso se las ingenia para trabajar y entrenar a la vez. “Es duro, pero no pienso echarme pa’ atrás. Si estoy en esto iré hasta el final”, dijo convencido.

Hace poco, en una entrevista al programa Cuestión Deportiva, ‘El Depredador’ lanzó un mensaje a todos los peruanos: “Cuando vean perder a la selección, véanme a mí boxear, que yo sí les regalaré una alegría”.

‘El Depredador’ quiere el cinturón mundial a cualquier precio. No le interesan los obstáculos que se le presenten en el camino. Es un tipo a prueba de golpes.

Quería escribir este post en agradecimiento al favor que nos hizo el pelao Chávez escribiendo y describiendo en su último post a sus mejores amigos y a pocas horas de celebrar la Navidad. Creo que Aldo ha resumido bien a los muchachos y me incluyo. Solo quería agregar a algunos que también formaron parte de nosotros y de nuestra estancia en la UDEP.

Pelao, Aldito, me has hecho casi casi llorar con ese post que te mandaste. Cómo no recordar las juergas en La Legua City, las burradas, los platos de ceviche, los potentes sudados que nos preparaba mi mamá, las veces en que celebramos la misa de mi abuelo, las pichanguitas, los partidos por las Olimpiadas en el Estadio. Pelao, ese hombre con una sonrisa en los labios siempre, el hombre pegado a su celular Claro, el jodelón, el 10 en el campo de fútbol, el siempre disponible en las juergas, el confidente de muchos, el muchachito que se unió al grupo recién en el segundo año de universidad (si no más recuerdo), pero que se supo ganr un espacio en los corazones de la gentita en muy poco tiempo. Mi hermano, eres lo máximo. Te quiero como mierda y mis viejos también, y Scarlet, y las burras y la cancha de los muertos y La Legua City con sus misas y su rica chicha de jora y sus potajes.

El gran César Flores, nuestro mentor de Dircom, ese muchacho humilde que tiene mucho talento para triunfar en la vida, el tropicalero y cumbiambero dueño de Los Delfines. Aún recuerdo aquella vez en que después de la misa de mi abuelo nos llevaste a Los Delfines y nos recibieron como a embajadores, como a los mismísimos mafiosos de Los Yacuza. Ese César Flores, todo un pata de barrio, defensor de las porterías. Eres un grande mi hermano.

Maricarmen, la que nos llevaba siempre en su carro a juerguear, la gorda que andaba con muchachos antes que con muchachas, la que tantas veces me invitó a su casa a almorzar, la que te daba algo sin pensar en que se lo debías pagar. Gracias totales Mari, te debo mucho y tú lo sabes.

Doctore, aún recuerdo que tu vieja y tú me querías como a un hermano en los primeros años, me quedaba en tu jato a dormir, estudiábamos juntos y camareta nos jodía hasta el hartazgo. Kikiriki, el fanático del fútbol, el de las pichangas de fin de semana, el que sueña con ser comentarista deportivo, el amante compulsivo del alcohol como de las mujeres ‘buenotas’. Mi hermano, doctore, kikiriki, te quiero como mierda.
Espero que todo te vaya bien en la vida.

Quería además incluir en esta lista a una chica muy especial para mí: G. Ya Aldo, no jodas. Aunque siempre nos cruzamos en la U, nos conocíamos desde antes y como dice Cortázar: Andábamos sin buscarnos y sin buscarnos nos encontramos. G, la chica que siempre anda con un cigarrillo en los labios, la correcta, la seria, la de risa un poco retorcida, la dubitativa siempre, la que engrandece los nimios problemas, la sucesora de la agüita tibia, la que me hizo suspirar tantas veces, la chica con la que no puedo estar, mi novia ausente, mi G. Para ti, los mejores éxitos en estas fiestas. TQM.

Omar, mi hermano, el calladito y de caminata lenta, el pata que siempre te recibía con un abrazo cuando llegabas a la U, el que te felicitaba cuando conseguías algo, al que podías confiarle algo sin temor de que lo suelte. El pata de los ojos verdes y el pelo caído, como de muñequito de torta. Omi, mi pata, lo quiero un montón y sé que va a llegar lejos en los audiovisuales porque sé que se hará querer rápido.

La risa andante, el entretenimiento asegurado, el que siempre te saca de apuro, el que llega a un lugar y todo se transforma en alegría, el caguedelarisa, el de los pasitos originales, el infaltable en las juergas, el amigo incondicional, el gran Pisco, Piscoya, Miguel, Miguelón o como quieran llamarlo. Vos sos grande. Te he conocido hace poco, acá en Lima pero sé lo grande que eres y por eso te quiero como mierda mi hermano.

Para no extenderme más, dejo allí la lista, sé que faltan muchos como el moto, mi hermano, Renato el grande, la carne débil, el Peric, el chino Montero, el Morris, la Xime, la flaca, Guise, Anita, la barra, el gran gallín etc. La lista es grande, pero tampoco quería repetir la enumeración de Aldo. Si me olvidé de alguien, mil disculpas a todos.
Los quiero a todos como mierda y con ustedes he compartido una de mis mejores etapas de mi vida. Que pasen una feliz Navidad y los mejores deseos para el próximo año.

Te miro y no estás aquí presente, en tu ausencia es cuando más empiezo a quererte. En esta tarde azul que ya se ha hecho costumbre aquí en la capital, tu recuerdo me azota y se empoza en mi alma y lo encarcela para siempre. Eres como una sombra transparente que llega, en tardes como esta, cuando sabes que el intelecto piensa en ti, mientras mi voluntad pugna por que no sea así. Pero ya ves, es casi imposible dejar de pensar en ti, en nuestras tardes otoñales riéndonos del mundo, de nosotros mismos, de nuestros sueños de espuma, que ni siquiera nosotros nos creíamos.

Reíamos como dos locos que deambulában por el mundo sin mayores preocupaciones, pensando solo en cogerse de las manos, en dormir uno al lado del otro, en fumar un puchito con distracción, mientras echados en el gras de tu casa mirábamos la luna y yo te prometía que si me regalabas un beso, un solo beso de tus labios, viajaría hacia ella y te traería para que tú jugaras con ella.

Tu nariz perfilada y tu estatura en mi mente, tus manos trajinadas y tus ojos chinos, entreabiertos, que me miraban con ternura cuando era mi corazón el que te hablaba, cuando era el poeta quien te hacía suspirar y llorar. Lágrimas, relámpagos fugaces, presagios de amor entre los dos. Mujer, princesa infinita, diosa humana, que sabe hacer reír llorar, que sabe hacer llorar en noviembre, cuando más temo quedarme solo. Y solo me queda tu sonrisa extasiada, tu nariz perfilada y tus ojos chinos que ya no me miran.

Angie, una cancionzaza de The Rolling Stone. Angie, you’re beautiful, but ain’t it time we said good-bye , All the dreams we held so close seemed to all go up in smoke

Hoy he vuelto a mirar a través de tus labios. Mis dedos tiemblan al palparlos, casi con miedo me acerco a ti, como aquella primera vez cuando mis ojos miraron a través de ti tu sincera sonrisa. De a pocos avanzo, casi como cuando escribo y borro a la par, siento miedo, mucho miedo. Una lágrima empieza a caer de mis ojos. MI pecho se infla mientras respiro el aire que desde el norte me azota la cara, mientras más allá, tú, con los ojos entrecerrados y tus blaquinas manos miran el cielo.

No puedo acercarme sin sentir que todo me da vuelta, que no puedo mover los pies, como un maléfico sueño donde no puedes correr, ni gritar, nada, solo observar. Te miro y quiero gritarte mil cosas, y formar un huracán en el viento que te envuelta, que te eleve hasta el cielo infinito y te diga lo que mi boca teme decir, lo que mis dedos escriben en el viento, lo que las canciones que escucho repiten, lo que entrelíneas quiero decir.

Y tú sigues parada, perdida en el espacio congelado, como una fotografía que llevo en mi billetera, la misma fotografía que te obsequié el día de tu cumpleaños. Eres sensual y veneno, lágrima y explosión. Y yo solo soy un pedazo de papel, una palabra suelta que ha salido a caminar, hoy que he vuelto a mirar tus labios, hoy que tu boca me ha tocado otra vez, hoy que mi corazón ha acelerado sus latidos.

Friday (Saturday) Im in love como diría The Cure. Hoy que la letra ha salido a viajar a través del tiempo, hoy que aún no me has mostrado el truco para reír, el truco para hacerme llorar, hoy que sigo sin entender porque la letra a veces domina a la razón, te digo que voy a soltarte mi alma para que te acompañe donde estés. Y sé que seguro hoy también reíras como la primera vez, hoy también una lágrima a caído al río de tu cintura y ha empapado la letra con sangre, con dolor, con desilusión.

Hoy que mis ojos te ven, que mis labios te tocan, que mi corazón ya se levantó a suplicarte que lo alimentes con el aire bendito de tus labios, te suplico que me enseñes por última vez el truco para reír como ríes, para llorar y (hacerme llorar) como lo haces. Hoy que tu aliento me falta, que el sabor de tus besos no tengo, hoy que mi alma quiere abandonarme, hoy que la tristeza es infinita, inmensa como el cielo grisáceo de Lima te ruego que vengan como un ángel y conversemos los dos, solo los dos, nadie nos interrumpirá si estás conmigo. Hoy y nunca más, hoy y toda la vida, hoy y siempre, ven por favor. La mesa está tendida y mis sueños intactos.

Definitivamente esta es una de las mejores canciones que expresa lo que siento esta noche que ya se va acabando.

Daniel F, con esta canción grafica -mejor que yo- esos sentimientos que se mezclan en noches como esta, noches de soledad y cielo gris.

No viví la gloria del vóley peruano. Y creo que quienes nacimos en 1986 tampoco. Seúl 88 es para nosotros una historia perdida en nuestros primeros pasos o nuestras primeras palabras, una suerte de leyenda que no nos pertenece –como sí a nuestros padres– porque no la palpamos. No tuvimos que madrugar para ver a nuestras ‘pequeñas gigantes’ jugarles de igual a igual a selecciones como Brasil o China, tampoco aplaudimos con fuerza cada mate de Gaby ni cruzamos los dedos ante los ataques contrarios. Menos dejamos de ir a clases –porque aún éramos muy pequeños- o al trabajo para ver una final que terminó en una rara mezcla de rabia, alegría y lágrimas a la vez.

Ese triunfo que hasta ahora no ha vuelto a repetirse desde entonces en el vóley es totalmente ajeno a nuestra generación. Hace poco leí una crónica sobre Seúl 88 y la recreación de aquella final que paralizó a todo un país. La leí como he leído miles de historias que no he vivido, y como en aquellos relatos me emocioné porque las historias cuando están bien contadas inyectan esa adrenalina que sentimos al pasar nuestros ojos por cada línea de texto. Pero no porque la haya vivido en carne y hueso.

Nosotros pertenecemos a otra generación: la que ha vibrado con las proezas de los ‘jotitas’ en el mundial sub 17, la que sufre con los partidos de la selección peruana en las eliminatorias, ese grupo de muchachos que guarda la esperanza de poder ver a nuestra selección de fútbol otra vez en un mundial. Esa camada de chicos que sueña con palpar, gritar, aplaudir y llorar a las jóvenes voleyvolistas en cada mate, bloqueo y punto disputado, como lo hicieron nuestros padres en aquellas madrugadas de Seúl.


En este vídeo se observa a nueva generación de voleyvolistas. Ojalá y puedan hacernos vibrar a quienes no vivimos la gloria de Seúl 88.

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Un loco, abrigado con una colcha de a rayas, descalzo y con las mechas sueltas, atraviesa lentamente la calle, mientras detrás de él, un señor de bigotito ofrece palomitas de maíz a los transeúntes de la zona. Ambos personajes sirven de prefacio a nuestra excursión por la feria de libros del jirón Amazonas, un mercado de compra- venta de libros de segunda mano.
Ubicado en la cuadra cuatro del jirón Amazonas, dentro del llamado damero de Pizarro, en pleno corazón de Lima, este campo ferial recibe a sus visitantes con un cartel que reza: “Bienvenidos al paraíso de los libros”, colocado justo encima de la puerta de ingreso.

Son las cinco de la tarde y el pensamiento de Rubén Darío remece mi mente como un dinamitazo cuando entro al centro comercial: “El libro es fuerza, es valor, es alimento, antorcha del pensamiento, libertad y manantial de amor” escrito sobre una gigantografía sostenida con dos cañas de guayaquil. En ese instante, Andrea coge un libro de una de las vitrinas de la Sala Permanente de Lectura, un espacio que funciona diariamente a modo de biblioteca de consulta de libros para niños, jóvenes y adultos.

Andrea lee recostada sobre una silla de madera La princesa Verdadera, un cuento que forma parte de las más de cien obras literarias y revistas que alberga este recinto. Mientras avanzo por cada stand pienso en el primer párrafo de Crónica de San Gabriel, de Ribeyro: “Las ciudades como las personas o las casas tienen un olor particular, muchas veces una pestilencia (…) Lima olía a ropa guardada”, es el mismo olor que transpira este lugar. Es el olor a polvo, a polilla, a papel guardado, que empieza a invadir mi mente.

Un dossier de prostitución de un autor francés me levanta la mano desde lejos. Me acerco con katty –la fotógrafa– hacia uno de los 200 stand que componen este mercado libresco. Nos atiende un señor moreno que lleva sobre la cabeza unos anteojos. “¿Qué libro buscan amigos?” nos pregunta iniciando el diálogo. Le pregunto por el dossier de prostitución y me dice que cuesta 20 soles, nada menos. Katty le compra un libro grueso, de pasta dura con las obras completas del escritor inglés D.H Lawrence a solo diez soles. ¡Regaladazo!, pienso mientras ella me mira como intuyendo mi pensamiento.

De pronto, un librito me coquetea. Lo cojo. Es el bestiario de Cortázar. Antes ya había adquirido por diez soles Las aventuras de Miguel Littín clandestino en Chile de García Márquez por sugerencia de Katty. Ahora intento comprar a menor precio la obra del escritor argentino, pero el vendedor que se ha percatado de nuestra emoción por los libros me dice que cuesta doce soles. No, le digo. Me parece mucho por un libro usado y con algunas rayaduras. Nos vamos.
Más allá, en otra tienda alguien ofrece las ediciones más antiguas de la National Geographic, Gatopardo y Etiqueta Negra. A lo lejos alguien pregunta por el diccionario Larousse, un libro de Chiavenato de Introducción a la Administración y Trópico de cáncer de Henry Miller. Sí los tengo, se escucha.

Continuamos caminando y llegamos al puesto de Abelardo, uno de los libreros más conocidos de la feria y dónde a decir de muchos se puede encontrar de todo. Alberto, le pregunta por algunas obras de Jean Baudrillard, Michel Foucault y otros filósofos postmodernos. No hay. Pero, a cambio, Abelardo le ofrece la primera edición en español de La hermandad de la uva del escritor estadounidense Jhon Fante. Alberto sonríe, y sé que está estallando en su interior. Le pregunta por Trópico de cáncer de Henry Miller. No lo tiene, pero le dice que lo puede conseguir. A él y a todos los postmodernos que quiera. Y si el libro es muy difícil lo fotocopia, pero al final, siempre lo consigue.

Damos un par de vueltas más y salimos. Pasamos por la zona de mochilas y maletines, dejamos atrás los puestos de comida y enrumbamos hacia el diario. En Amazonas hay más de lo que uno se imagina, solo hace falta inmiscuirse entre esos anaqueles para descubrir un verdadero río de cultura.

Siempre he querido saber porqué una mujer se vuelve puta. En mis intentos por colmar esta curiosidad he acudido a amigos que tienen más experiencia en la materia y, ayudado de lecturas y películas, he intuido múltiples respuestas: desde “necesito la plata para estudiar” hasta “me dijeron que ganaría bien”, sin olvidar claro: “me engañaron que trabajaría como modelo” o “no me queda de otra”. Frases de muchas jovencitas cuando se les pregunta por su oficio y, con la mirada gacha, confiesan haber sido reclutadas por proxenetas o ‘cafichos’, mediante tretas bien contadas, que ellas se creen.

Las pocas veces que he asistido a nightclubs, por ejemplo, (siempre con ese afán de escudriñar en realidades para muchos prohibidas, pero más llevado por la pasión del oficio) he conversado con las chicas que allí trabajan y lo que más me ha llamado la atención es la frialdad de sus palabras, la distancia con la que se tratan. Es como si los constantes abusos sexuales las hubieran convertido en meros objetos que ni piensan ni sienten, que son solo máquinas de hacer dinero.

Pero detrás de esta penosa realidad que la vemos cuando salimos por las noches a las calles hay un agente que no ha sido tomado en cuenta: el caficho, el proxeneta, ese sujeto que forma parte de una mafia más grande. Son estas organizaciones de tráfico de personas las que continúan alimentando el turismo sexual en nuestro país, muchas veces, a vista y paciencia de las autoridades. No es secreto que en Iquitos, Cusco o Lima existen estos negocios, bien camuflados, pero que están allí, como la sombra que emerge cuando empieza a caer la noche.


Les dejo este videíto de Aerosmith, Pink, una buena canción que habla sobre esos amores huidizos y que están en la frontera entre lo ilegal y lo pasional.

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