La esquina del ex banco de la Nación alberga a seis hombres que se pasan gran parte del día escribiendo documentos a máquina. Dicen que no son mecanógrafos ni tipeadores, sino redactores. Y de los grandes. El documentos más sencillo que elaboran es un recibo simple o una solicitud; el más complejo un contrato de compra- venta o una minuta; pueden ganar entre 15 y 20 soles diarios o no sacar ni para el alquiler de la casa donde guardan sus mesitas; algunos son educadores a medio tiempo; otros se han formado a punto de teclear la máquina una y otra vez. Pero todos ellos han escrito una historia en la memoria de Trujillo.

En pleno siglo XXI, época en la que los ordenadores y la tecnología parece dirigir nuestras vidas, a nadie se le ocurriría mandar a redactar un documento a máquina de escribir. Pensaríamos que es de mal gusto y pasado de moda. Pero para algunos trujillanos, la tradición no incomoda y menos cuando detrás de una vieja y pesada máquina de escribir hay un gran escritor, capaz de hacernos ganar un juicio o conseguir una donación.

La cuadra 4 del Jr. Gamarra, en pleno corazón de Trujillo, se ha convertido en el centro de trabajo de seis hombres que desde las siete de la mañana se sientan a esperar a algún trujillano que requiera de sus servicios.

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Vidas escritas con la misma pluma

Una mesita de madera sostiene su vieja Remington, fiel testigo de tantos y tantos documentos escritos. Edgar Ferrer Guzmán dice que no es mecanógrafo, sino redactor de todo tipo de documento. El más sencillo que ha redactado fue un recibo simple; el más complejo, una minuta. Lo máximo que ha ganado en una día, 30 soles; lo mínimo, un par de soles. Lo más insólito que ha redactado, un testamento; lo usual, solicitudes. El día más triste en su oficio, cuando no sacó ni para pagar el alquiler de la casa donde guarda su mesita; el más alegre, cuando recibió 100 soles de un señor al que le había hecho ganar un litigio.

Su hermano Raúl trabaja en el mismo oficio desde los 13 años cuando estaba en tercer año de secundaria. Su profesora de apellido Pizarro le enseño a tipear al tacto, ahora sabe en qué dedo va cada letra del abecedario. Empezó escribiendo formularios a mano, por los que cobraba 1 sol ó 1,50 soles. Ahora gana entre 15 y 20 soles diarios, aunque todo depende del día. “Hay días en que no se saca ni para los pasajes”, confiesa.

Aprendió a redactar en la escuela y se actualiza leyendo Satélite, Libero, El Popular y Correo. Enseña en el ISTP Víctor Raúl Haya de la Torre, pero no a escribir, sino a ejercitar los músculos a través de la educación física, las danzas y los talleres artísticos. El dinero que gana como ‘redactor’ es para sus pasajes al instituto, así su sueldo de maestro lo recibe íntegro.

Edgar también es docente. Enseña por horas en el Colegio Particular Virgen de la Puerta de Trujillo. En sus ratos libres coge su vieja máquina Remington y enrumba hacia la esquina del ex Banco de la Nación a ganarse unos cuantos soles. Precisamente llego a que me redacte una solicitud dirigida al alcalde César Acuña Peralta para que me done un juego de camisetas para un club ‘x’. Los datos me los invento sobre la marcha.

Me recibe de manera cálida, con los buenos días por delante, luego me ofrece un banquito donde sentarme.

– ¿Qué se le ofrece caballero?, me dice tartamudeando.

– Quiero una solicitud…, le respondo.

– No se preocupe- me interrumpe- ahorita se la hacemos.

 

Entonces, coge una hoja bond y la coloca encima de un papel carboncillo, pone otra hoja debajo –que será la copia para el cargo- y los sujeta con un gancho de ropa. Empieza a teclear. Cuando necesita un dato interrumpe su trabajo y me pregunta. Termina el documento en menos de 5 minutos. Lo leo y está impecable, bien redactado de acuerdo a la gramática y sintaxis española.

– Aquí hay un error- le digo señalándole con el dedo.

– No te preocupes- me dice.- El problema es que la máquina se ha vuelto lenta porque ha trajinado mucho. Pero mañana la limpio, me comenta.

Abre un cajoncito de su mesita y saca un corrector despintado, lo exprime con cautela sobre la parte dañada y me lo entrega.

-Ahora sí, listo.

-¿Cuanto es?- Le interrogo

-Para ti, dos luquitas nomás.

-Fírmalo si quieres- me dice, entregándome un lapicero azul.

-No-le digo.- Gracias.

A él acude gente de toda condición, desde abogados hasta ciudadanos de a pie. Un día llegó el Presidente Regional, José Murgia Zannier, para que le redactara un oficio de descargo por no haber asistido a una reunión con unos vecinos. No se aprovechó de su estatus: le cobró 3 soles. “Yo no miro caras ni aspecto al momento de cobrar, sólo lo que vale mi trabajo”, me cuenta.

El tiempo que emplean en escribir un documento varía de acuerdo a la complejidad del mismo. Una solicitud la redactan en menos de 5 minutos, pues en su cabeza ya tienen el esquema definido. La experiencia de haber redactado decenas de estos documentos les ha vuelto cada vez más veloces. Sin embargo, la rapidez no debe ser sinónimo de error. En este trabajo la consigna es no equivocarse. La receta para hacerlo es tener mucha técnica y manejar las teclas de la máquina como mucha concentración.

 

Historias inolvidables

Raúl me cuenta que un día llegaron unos señores holandeses a que les redactara un documento escrito en inglés. Pero como no dominaba ese idioma recurrió a su amigo del Hotel Colonial para que se lo tradujera. Cuando los europeos llegaron a recogerlo se sorprendieron. Le tomaron fotos y le pagaron 3 euros.

Pero, ¿por qué los trujillanos los eligen a ellos en vez de ir a un centro de tipeo a computadora? Un joven que llega a que Edgar le escriba un certificado parece tener la respuesta: “los digitadores de computadora no saben redactar, quieren que les dictes todo el texto. En cambio, acá te lo redactan bien y al toque”.

Los ‘redactores’ de la calle saben que los clientes son exigentes, y los peruanos aún más. Pero eso no les asusta porque cuentan con las herramientas necesarias ante cualquier falla de la memoria o de los dedos. Aunque lamentan que hayan algunos clientes insolentes cuando oyen el precio de su pluma.

Raúl aún recuerda el día en que recibió 350 soles de la mano de un señor cuyo nombre no recuerda. Este hombre estaba metido en un lío de tierras y para ganarlo necesitaba una minuta, que Raúl se encargó de redactar. El señor ganó el juicio. Y como recompensa, decidió pagarle esa cuantiosa suma de dinero al autor del manuscrito. Raúl escribió esa historia en su memoria. Sabe que el oficio es gratificante porque le permite ayudar a otras personas. Piensa, en un futuro abrir su propio local donde “se redacte todo tipo de documentos”, y pone énfasis en redactar.

 

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