enero 2008


El lunes tenía que presentar su trabajo de Fundamentos del Periodismo. Era domingo. Ocho de la noche. El fin de semana, Peter se lo había pasado vagando con sus amiguetes de juerga. La fiesta en la casa de Ivette había sido todo un éxito. Le había declarado su amor y ella lo había aceptado. Estaba feliz por eso, saltaba en un pie. De pronto se veía solo en su cuarto, frente a la computadora luego de una noche de diversión, de besos, de abrazos. Trataba de concentrarse en el tema pero nada, no le salía nada de su enorme cabeza, sentía que todas las palabras se las había robado Ivette, que se habían quedado impregnadas allí entre sus labios. Sentía ganas de maldecir a todo el mundo, de desatar su voz en un huracán que arrasara los momentos más infelices y trágicos de su corta vida, que llegase hasta la casa de Ivette, que chocase en cada rostro libidinoso de un hombre que jadeaba encima de una mujer en cualquier parte del mundo; que se instalara en el aula del pabellón central del colegio San Luis, ese enorme colegio, de paredes despintadas y con fama de nido de malandrines violentos y desaforados. ¡Cómo iba a olvidar aquellos momentos si los llevaba intrincados en su memoria como las líneas de un jeroglífico!, tiempos de aventura, de diversión, de galanteo, de vagancia, de desgracias.Sentía impotencia ante el hecho de no poder retroceder el tiempo para evitar aquellas desgracias que muchas veces uno no puede evitar porque tienen que suceder. Tenía ganas de llorar, rabia, miedo, desilusión, tristeza por lo que se va y no vuelve, por lo que sólo se tiene que recordar. “Cómo no recordar las tardes de pichangas, las aventuras en el play, los amores de secundaria, las broncas de desafío”, pensaba mientras trataba de capturar algún pensamiento útil que le permitiera iniciar su trabajo de Periodismo. Lo que más añoraba aquella noche triste era oír las voces de sus amigos de colegio, la risa del Paiche, los chistes de la Vaca Loca, las bromas del Pajero. Una imagen tras otra se sucedían en su mente como un trepitante film de persecuciones, veía nítidamente las imágenes de los cuerpos que rodeaba a un cadáver que yacía en la cancha de fútbol. Sí, era Marcos, el Cojo, el sujeto más temido del San Luis.
Recordaba que el primer día de clases, cuando recién había ingresado a primero de media, el Cojo llegó a sus aula y les pidió dinero a todos. Con su pandilla de malandrines, cogieron a uno por uno y les vaciaron hasta el último centavo que tenían. El Pajero trató de resistirse pero de un puñetazo en la nariz, Marcos el Cojo le hizo entender que en el San Luis quien gobernaba era él.
Su muerte se produjo, como en las películas sobre pandillas, a manos del jefe de las Cebras. El desafío se había producido en la calle unos días antes de su fiesta de promoción. El Cojo caminaba por la calle con su enamorada, cuando se le acercó un grupo de malditos pandilleros (eran las Cebras) que le pidieron dinero, y como él se resistió, trataron de violar a su enamorada. Hábilmente, sin embargo, lograron escapar. El Cojo sólo había sufrido un rasguño, como ahora le repetía a sus amigos que se hallaban reunidos para idear la forma de vengarse. Después de dos días de ocurrido el incidente, las Cebras aparecieron en la cancha del San Luis. Cuando los detectaron, los muchachos rápidamente hicieron un círculo. En medio quedaron sólo Marcos el Cojo y “Chuso”, el jefe de las Cebras. Los alumnos más pequeños vigilaban que nadie interrumpiera el espectáculo, que no aparecieran los auxiliares y los tomaran por sorpresa, porque entonces estarían de patitas en la calle. Las miradas de los presentes confluían hacia un mismo punto. De pronto “Chuso” sacó una chaveta y se la mostró al Cojo, quien en respuesta automática, hizo brillar el filo de un cuchillo grande y filudo. Los rodeos empezaron. Era una lucha entre los jefes, por eso el resto del grupo no podía intervenir. El Cojo se lanzó encima del Chuso, luego de que lo despojara de su arma de una patada, y empezó a darle de alma. En el forcejeo, Chuso le llenó los ojos de arena. El Cojo perdió la concentración. Los muchachos pretendían abalanzarse, pero las miradas del resto de la pandilla se lo impedían. De pronto se oyó un grito ahogado. En el suelo, Chuso lo remató clavándole cinco puñaladas seguidas. Su polo se tiñó de dolor. De dolor profundo. De muerte. Chuso y su pandilla se escaparon más rápido de lo que demoró en propagarse la noticia. Lo último que Peter recordaba eran los rostros sudorosos de los muchachos y la cara de incógnita de los auxiliares, que gritaban desesperadamente a los alumnos para que se apartaran del cuerpo que yacía en el suelo.
En ese momento, Peter se levantó del asiento y tomó una foto de la mesa, en ella se observaba a un grupo de jóvenes en actitud alegre y vestidos de manera rebelde. En la parte inferior se leía: Con mis amigos, Paiche, la Vaca Loca, el Pajero y mi hermano el Cojo. En ese momento no pudo resistir más y lloró, lloró amargamente mientras recordaba a su hermano tendido en la arena de la cancha de fútbol, y él diciéndole hermano no te vayas, levántate.

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Todo lo había preparado con tal sutileza y estrategia militar que no se le había olvidado ni el lugar adonde la llevaría a conversar. Sabía que ésa era la última vez que la vería, que no volvería a sentir el aroma de sus labios rozándole el cuello. Por eso Emerson se había esforzado de que todo esté en perfecto orden, que su color de polo armonice con su jeans desteñido y sus zapatillas remendadas, que sus bolsillos estén llenos de chicles y caramelos, sin olvidar su billetera con los únicos diez soles que le había prestado su hermana, el día que trabaje mi billetera rebotará de dólares. Tampoco había olvidado ensayar el poema Me gustas cuando callas de Neruda. Sabía que Úrsula era una persona lacónica y nostálgica, y él, aprovecharé la oportunidad, había dicho.
Se encontrarían a las tres de la tarde, con el calor inmenso de Piura, en el parquecito que quedaba enfrente de la iglesia, para que así los santos nos bendigan. Pero ahora, mientras miraba su reloj, se sentía cada vez más inseguro. Eran las tres y veinte, si no viene dentro de diez minutos me largo y que se joda, pero Úrsula apareció. Venía más linda que siempre, con un polito negro a la cintura, que dejaba entrever su ombligo perfecto, y una falda de hilo que armonizaba con la pulsera que calzaba en el pie. Discúlpame por la demora pero es que no encontraba carro. Después se sentó a su lado. ¿Nos vamos?, le dijo Emerson con tono que revelaba su ansiedad. No, tengo que esperar a una amiga, le respondió mientras lo miraba fijamente. Está bien, sólo porque me miras así. La conversación entre los dos transcurrió en torno a asuntos triviales, la casa, la universidad, los amigos,…
Después de que los tres fueron a recoger las parrilladas, que había sido el pretexto perfecto para que Úrsula saliera de casa, ella se despidió de su amiga. Ahora sí vámonos, puedo llegar hasta las ocho a mi casa, le dijo mientras lo jalaba apresuradamente. Caminaron lo que no hubieran caminado en un día normal. Pasaron por la catedral de Piura, el Malecón Eguiguren y llegaron hasta Santa Isabel. Mientras caminaban, ella le preguntaba ¿adónde vamos?, y él, tú sólo sígueme si confías en mí. Emerson conocía Piura como la palma de su mano; ella no, era de Lima y una vez ya se había perdido con su hermanito.
Caminaron lentamente por la country, ella saboreando el helado que Emerson le había invitado, y él llevando las parrilladas de Úrsula. Se sentaron luego en una banquita del parque de Santa Isabel y conversaron acerca de la apuesta que había quedado pendiente la noche anterior. Emerson le había dicho que deseaba probar si es que ella era capaz de dejar de hablarlo un año, en el fondo quería comprobar si Úrsula lo amaba tanto como él a ella. Pero no era consciente de que el orgullo de las personas es más fuerte a veces que los propios sentimientos, y Úrsula tenía muy claro esto. Por eso aceptó la apuesta después de que Emerson insistiera tanto.
Luego que todo había sido acordado, Úrsula le dijo, ¿nos vamos? No, espérate….ehh…sólo una última cosa, le respondió con voz dubitativa y casi temblando. ¿Puedo hacerte una pregunta?, le interrogo, sí claro. ¿Estás de acuerdo con la apuesta, no quieres agregar algo más? Deseaba que le diga que no, que no estaba de acuerdo y que todo había sido una broma. Pero no, era verdad y allí Úrsula se lo estaba demostrando con su actitud de seguridad. No, todo está bien. No me digas que ya te arrepentiste. No, como que, claro que no, un año, un año. Ya se iban cuando Emerson la detuvo del brazo, Úrsula puedo pedirte un favor: Sí, claro, somos amigos no. Siéntate, quiero que sepas que eres una gran amiga y que me has enseñado muchas cosas, y para agradecerte lo que has hecho por mí quiero abrazarte, ¿puedo hacerlo? Sí, claro. Entonces Emerson apartó la bolsa de parrilladas que hasta ese momento había sido la barrera que los había separado, y la abrazó. En ese abrazo recordó, en un flash back, los momentos que habían pasado como enamorados, el aroma de su piel, el sabor de sus labios. Se emocionó tanto que quiso besarla, pero ella, sólo dijiste que querías abrazarme, le reprochó mientras volteaba sus labios. Bueno, le dijo levantándose, si ya no tienes nada más que decir, entonces vámonos, es tarde y en mi casa deben estar esperándome. Entonces él, derrotado, humillado por el destino y el orgullo de Úrsula, lo último que quiero hacer es esto, y le tocó el mentón hasta la eternidad, como solía hacerlo por las noches cuando juntos se perdían en un mar de besos, en la oscuridad de la noche y el murmurar de los transeúntes que a esa hora deambulaban por el Parque Infantil, su escenario de amor.

Hoy día me atreví a escribir este post harto de leer a Renato Cisneros –no es que esté harto de lo que escribe, sino que estoy harto de decir que siempre me roba la idea, que yo pude haber escrito ese post igualito- además que quería relanzar mi blog y sumergirme en ese gran mundo que es la Blogósfera. Así que después de terminar mis dos únicas notas breves para la sección Lima del Diario El Comercio –periódico en el que comparto la sala de redación con el famoso y tan esquivo Renato- me decidí a escribir sobre un tema que desde los quince años me atormenta y que poco a poco ha ido alimentándose de los desvaríos de mis conquistas y de sus contrariedades: el amor.
El título de este post se refiere a ese sentimiento –en realidad no sé si debe llamársele así, en la Universidad me convencieron de que el amor es un acto de la voluntad humana, y por tanto racional- tan esquivo que muchas veces se nos escapa de las manos porque somos o demasiado tontos o muy posesivos. A mí me ocurrió hace cuatro años cuando conocí a B en circunstancias risibles. Hacía tres meses había terminado con M, una chica callada e inteligente a quien conocí un día que no recuerdo. Nos conocimos una semana, nos caímos bien –hubo química, diría mi amiga B- y nos aventuramos a sostener una relación que se volvió insostenible porque ella era demasiado celosa. Pero a mí siempre me ocurre desde que empiezo una relación siempre me ha gustado entregarme por completo –tal vez sea uno de mis peores defectos-, y con M lo hice. Le escribí muchos poemas que me inspiraron su tez pálida, su melancolía, esos silencios que nos embargaban en medio de la noche. Sé que aún los recuerdas, acuérdate del olvido pero nunca olvides el recuerdo, y aunque luego le contaras a mi hermana que fui yo quien atravesó tu corazón con el puñal del engaño, sabes que no fue así.
Pero vayamos al punto. A “B” la conocí una noche de fiesta en La Legua -el pueblito donde vive este bloggero-, cuando acompañé a su hermana hasta su casa. En realidad antes de conocer a B primero había conocido a P, su hermana, a quien había señalado como una de mis nuevas conquistas. Sin embargo, como dice Cortázar, hay personas que sólo sirven como puentes entre otras dos que habrían de sostener una relación hermosa y duradera. Y ése día descubrí que el puente entre B y yo fue P, su hermana.
Nos caíamos bien desde el primer momento en que nos presentaron en medio de la noche, ella recostada sobre un poste de luz y yo con las manos a los bolsillos -la típica parada de nosotros los hombres-, me pareció muy simpática, sobre todo por sus ojos, ese par de ojitos chinos que me decían que también le gustaba. Y ya cuando me despedía me jaló de la mano, me sorprendí porque hsta entonces nadie había hecho conmigo eso. El domingo mi mamá va a preparar hamburguesas así que si gustas puedes venir. Era viernes. Estuve pensando toda la santa noche en lo que había pasado, y si quiere estar conmigo, ¿iré o no? aprovecha Ralph, me decía mi yo conquistador y recontra frío para cuestiones de agarres.
El domingo fue un día sin novedades, así que a eso de las 7 de la noche me acordé de la propuesta de B y entonces me arreglé un poco, me puse perfume por todo el cuerpo y me puse ese jeans que tan bien me quedaba y mi mejor polo. Cuando llegué me di cuenta que había gente en la peluquería, pero por la miopía que padezco no logré distinguir quienes eran, hasta que estuve a unos 20 metros. Era ella. Su hermana, C -trabaja de peinadora en su casa- le estaba arreglando el cabello. No dejó que aterrice bien. Te estaba llamando con el pensamiento, exclamo. Y yo, que no sabía qué hacer ni qué decir, sólo dije algo de lo que hasta ahora me arrepiento. Ah, ….vine por la invitación que me hiciste ese día. debiste decirle algo más original, que te la habías recordado porque era difícil olvidar su recuerdo o algo así, con tal de mostrarle interés.
Estuvimos un rato conversando sobre vanalidades, A veces eres demasiado serio Ralph, frío, poca cosa.Luego, ella me hizo una propuesta que sería la visa que me llevaría hasta sus puertos. Lo hizo de una manera en que todas las mujeres tratan de disimular que les gustas para no sentirse heridas en su orgullo y no sientan que están galanteando a un hombre, conduciéndolo hacia sus redes de sensualidad. No quieres ir a una fiesta en San Jacinto, todas mis hermanas van a ir. Ya pues, respondí, con resolución esta vez.
En la fiesta bailamos juntos, la sentí tan cerca de mí, sobre todo cuando bailábamos merengue y salsa o una música suave. Olí su perfume, ese día olías a chupete de fresa B. Sentí su tersa piel blanquecina y su voz susurrándome al oído cositas que cada vez iban calentando el ambiente y eran el presagio de un beso, como dice Juan Luis Guerra. Y llegó el momento. Ya cuando nos íbamos ella me dijo que la disculpara porque le había dicho a uno de sus amigos que yo era su enamorado, y yo para emular su comportamiento y hacer más feeling la conversación le dije que había hecho lo mismo con una chica que se me acercaba mucho mientras bailábamos. Seguro me habías estado mirando B.
Mientras caminábamos hacia su casa fuimos conversando sobre nosotros, si la había pasado bien, si se había divertido hasta que me lancé. Al principio me dijo que le gustaba otro chico entregado a la vida religiosa por completo. Me hirió, pero después retomé fuerzas y le dije que era linda, que cómo iba a estar con un chico así, hasta que le propuse: B que te parece si para acortar camino nos vamos por acá, le dije señalándole un lugar oscuro. Ella aceptó. Ya en el lugar, la abracé y nos besamos, Fue el beso más rico que he sentido en mi vida.
Ahí empezó ese amor que hasta hoy chorrea a borbotones por cada vena de mi cuerpo. Mis hermanas nunca la pasaron porque decían que era una chica un poco movida. Ustedes que opinan mis queridos amigos. espero me ayuden con este amor entre paréntesis.