Todo lo había preparado con tal sutileza y estrategia militar que no se le había olvidado ni el lugar adonde la llevaría a conversar. Sabía que ésa era la última vez que la vería, que no volvería a sentir el aroma de sus labios rozándole el cuello. Por eso Emerson se había esforzado de que todo esté en perfecto orden, que su color de polo armonice con su jeans desteñido y sus zapatillas remendadas, que sus bolsillos estén llenos de chicles y caramelos, sin olvidar su billetera con los únicos diez soles que le había prestado su hermana, el día que trabaje mi billetera rebotará de dólares. Tampoco había olvidado ensayar el poema Me gustas cuando callas de Neruda. Sabía que Úrsula era una persona lacónica y nostálgica, y él, aprovecharé la oportunidad, había dicho.
Se encontrarían a las tres de la tarde, con el calor inmenso de Piura, en el parquecito que quedaba enfrente de la iglesia, para que así los santos nos bendigan. Pero ahora, mientras miraba su reloj, se sentía cada vez más inseguro. Eran las tres y veinte, si no viene dentro de diez minutos me largo y que se joda, pero Úrsula apareció. Venía más linda que siempre, con un polito negro a la cintura, que dejaba entrever su ombligo perfecto, y una falda de hilo que armonizaba con la pulsera que calzaba en el pie. Discúlpame por la demora pero es que no encontraba carro. Después se sentó a su lado. ¿Nos vamos?, le dijo Emerson con tono que revelaba su ansiedad. No, tengo que esperar a una amiga, le respondió mientras lo miraba fijamente. Está bien, sólo porque me miras así. La conversación entre los dos transcurrió en torno a asuntos triviales, la casa, la universidad, los amigos,…
Después de que los tres fueron a recoger las parrilladas, que había sido el pretexto perfecto para que Úrsula saliera de casa, ella se despidió de su amiga. Ahora sí vámonos, puedo llegar hasta las ocho a mi casa, le dijo mientras lo jalaba apresuradamente. Caminaron lo que no hubieran caminado en un día normal. Pasaron por la catedral de Piura, el Malecón Eguiguren y llegaron hasta Santa Isabel. Mientras caminaban, ella le preguntaba ¿adónde vamos?, y él, tú sólo sígueme si confías en mí. Emerson conocía Piura como la palma de su mano; ella no, era de Lima y una vez ya se había perdido con su hermanito.
Caminaron lentamente por la country, ella saboreando el helado que Emerson le había invitado, y él llevando las parrilladas de Úrsula. Se sentaron luego en una banquita del parque de Santa Isabel y conversaron acerca de la apuesta que había quedado pendiente la noche anterior. Emerson le había dicho que deseaba probar si es que ella era capaz de dejar de hablarlo un año, en el fondo quería comprobar si Úrsula lo amaba tanto como él a ella. Pero no era consciente de que el orgullo de las personas es más fuerte a veces que los propios sentimientos, y Úrsula tenía muy claro esto. Por eso aceptó la apuesta después de que Emerson insistiera tanto.
Luego que todo había sido acordado, Úrsula le dijo, ¿nos vamos? No, espérate….ehh…sólo una última cosa, le respondió con voz dubitativa y casi temblando. ¿Puedo hacerte una pregunta?, le interrogo, sí claro. ¿Estás de acuerdo con la apuesta, no quieres agregar algo más? Deseaba que le diga que no, que no estaba de acuerdo y que todo había sido una broma. Pero no, era verdad y allí Úrsula se lo estaba demostrando con su actitud de seguridad. No, todo está bien. No me digas que ya te arrepentiste. No, como que, claro que no, un año, un año. Ya se iban cuando Emerson la detuvo del brazo, Úrsula puedo pedirte un favor: Sí, claro, somos amigos no. Siéntate, quiero que sepas que eres una gran amiga y que me has enseñado muchas cosas, y para agradecerte lo que has hecho por mí quiero abrazarte, ¿puedo hacerlo? Sí, claro. Entonces Emerson apartó la bolsa de parrilladas que hasta ese momento había sido la barrera que los había separado, y la abrazó. En ese abrazo recordó, en un flash back, los momentos que habían pasado como enamorados, el aroma de su piel, el sabor de sus labios. Se emocionó tanto que quiso besarla, pero ella, sólo dijiste que querías abrazarme, le reprochó mientras volteaba sus labios. Bueno, le dijo levantándose, si ya no tienes nada más que decir, entonces vámonos, es tarde y en mi casa deben estar esperándome. Entonces él, derrotado, humillado por el destino y el orgullo de Úrsula, lo último que quiero hacer es esto, y le tocó el mentón hasta la eternidad, como solía hacerlo por las noches cuando juntos se perdían en un mar de besos, en la oscuridad de la noche y el murmurar de los transeúntes que a esa hora deambulaban por el Parque Infantil, su escenario de amor.

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