abril 2008


Entérate sobre cómo la fiebre de la cumbre APEC ha hecho que viajar por Lima se convierta en una verdadera aventura

El tráfico en Lima es caótico. Pero si antes lo era por la cantidad de combis, buses y autos que circulan por la ciudad o el sinnúmero de semáforos y rompemuelles en cada esquina, ahora lo es debido a la simultaneidad con que se han cerrado varias arterias de la capital. Primero fue Arenales, después Arequipa, luego Petit Thouars – que ya reabrieron y aún no terminan de asfaltar- y ahora anuncian que el lunes se cerrará un nuevo tramo de la avenida Arequipa, así como parte de Javier Prado, entre Arenales y Pershing.
Todas estas obras de rehabilitación pre cumbre APEC han hecho que viajar por Lima se convierta en una verdadera tortura, tan espeluznante como una película del cine gore, tan insoportable como una canción de Floricienta.

Abróchate un plan B
Todo esto hace que quienes viajamos a diario hacia algún punto de la ciudad tenemos que salir veinte minutos más temprano a lo acostumbrado, tener un plan B de desvío, rezar porque este día no hayan cerrado una nueva avenida o que a alguien no se le haya ocurrido realizar una nueva movilización.
El problema es que un día vas con tu carro y te das cuenta que la ruta que usabas la han cerrado y entonces debes buscar un desvío que al final te toma más tiempo de lo que esperabas. A esto le sumas los baches de las pistas, el ruido molestoso del claxon, las lisuras de los choferes, los conductores lentejas, los embotellamientos, las calles enrejadas… Y ahora las pistas en reparación.
¡Dios nos coja con los cinturones puestos!

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lluviasRalph zapata Ruiz
Hace quince días regresé a Piura después de tres meses de ausencia, en los que debí acostumbrarme al ritmo acelerado de la capital. Por cuestiones de trabajo dejé el lugar donde nací, donde crecí y en el que fui explorando, paso a paso, cada uno de sus rostros, de su gente, de sus ‘huecos’ y de su calidez en todo el sentido de la palabra.

Mi regreso no fue tan espectacular como lo había planificado. Nadie me recibió con abrazos ni besos en la agencia ni me dijeron que me habían extrañado y que se alegraban al verme. Y me dolió porque para volver a ‘la ciudad del eterno calor’ había superado mil y un vallas.

Al subir al bus sentí una extraña sensación de alegría y a la vez pena al desconocer lo que encontraría en Piura. ¿Habrán cambiado mis hermanas?, ¿me habrán extrañado mis amigos? ¿Habrá mejorado un poquito Piura? Me cuestionaba mientras miraba las estrellas por la ventana y dejaba volar mi imaginación.

Por la ansiedad de llegar a mi casa y ver a mi familia, aquella noche no logré pegar un ojo. En realidad, cada vez que viajo en bus no logro conciliar el sueño. Será tal vez por una cuestión de preocupación por lo desconocido o simplemente porque mi organismo sabe qué ‘hay que mantenerse despierto’.

Al rayar el alba y ya en Chiclayo me sorprendí al ver el verdor de lo que antes era puro desierto. El efecto de las torrenciales lluvias había provocado que las áridas tierras piuranas se llenaran de verdes hierbas que ahora le dan un aspecto más atractivo, más vivo.
Lo primero que hice al bajar del bus fue respirar el aire de los algarrobos, mirar las calles piuranas, observar a la gente, olfatear las comidas y pasar un vistazo súper rápido por la ciudad.

Una vez que superé el síndrome del ‘recién llegadito’ logré analizar con detenimiento cada molécula de la ciudad. El resultado fue espantoso. La madre naturaleza se había empeñado en poner en aprietos otra vez a las autoridades y estas no habían sabido responder a la furia de las lluvias. Calles destrozadas, pistas rotas, tránsito desordenado, informalidad a cada paso que daba me hicieron reconocer que a Piura, la primera ciudad fundada por los españoles, se lo estaba llevando el agua, ante el letargo de sus ciudadanos. Entonces recordé la escena final de Cien años de Soledad donde el viento se encarga de sepultar los últimos restos de Macondo, una ciudad fundada y destruida por los Buendía, una estirpe que se asemeja a toda la humanidad.

En nuestro caso, quienes se están encargando de acribillar de a pocos nuestra querida Piura son las mismas autoridades, los ciudadanos adormecidos, la furia de la naturaleza, una naturaleza que busca despertar esa memoria frágil que tenemos los piuranos, los peruanos. No es la primera vez que nos afectan las lluvias, sino que es un fenómeno que forma parte de nuestra naturaleza de región cálida. Pero parece que aún no hemos aprendido. Y eso me da mucha pena. Y rabia también.