Cuando desperté después de una bomba explosiva, estaba convertido en una verdadera piltrafa. Al levantar un poco la cabeza, la sentí tan pesada como si me hubiese caído un millar de ladrillos juntos. Las botellas de ron estaban vacías, la grabadora aún estaba sonando, mi ropa repartida por los suelos.
En mi cama, tumbado boca arriba y resaqueado, habría de recordar mi primera bomba universitaria, una jornada épica, inolvidable como los besos de B.
Confiado, pensé “qué puede pasar” si ya me estrené en el arte de la chupeta, “a lo macho varón”, como decía mi abuelo que en paz descanse. Fue una bomba que vaya uno a saber cómo comenzó, con una botella de chuchuhuasi y terminó con unas chelas, luego de algunos piscos de cinco soles en medio.
Y tras recordar con una sonrisa en el rostro descompuesto, caí en cuenta de que no he aprendido nada, como no mezclar ron con pisco.
Y es que nuestras primeras borracheras en la universidad, al final, se convierten en una suerte de eslabón social, con el que ganas amigos, simpatizantes, militantes y también enemigos. Un trago que une a la velocidad de un seco y volteado.
Es sorprendente como una botella de cerveza, sazonada por un buen ceviche, luego de una pichanga de miércoles, puede engancharte con gente hasta ese momento desconocida para ti, cachimbito, calichín perdido en esa selva llamada universidad.

Y tú, cuéntame, ¿cómo fue tu primera bomba en la ‘U’?

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