Aquel fue un día de miércoles. Me levanté tarde como de costumbre, y al salir a la calle rumbo al trabajo sentí una punzada a la altura del corazón. Un presagio, tal vez, de lo que sucedería ese día. Una cuadra antes de llegar a la universidad, un pedazo de chicle en el pantalón me convirtió en el centro de atención de algunas chicas, que me miraron de manera inusual. Más tarde, en clases, otra vez la punzada en el corazón. “Debería fumar menos, y evitar comer tanta comida chatarra”, pensé.
Por la tarde, en casa, peleé con mis hermanos. Andaba de mal humor, no sé que me pasaba, algo me fastidiaba y no sabía qué. Era uno de esos días donde presientes que algo anda mal, y sin saber, te desquitas con los demás. Trate de alejar esa extraña sensación caminando un poco, mirando el cielo gris de Lima y respirando el poco aire fresco que queda.
Una llamada al cel me llevó hasta San Miguel, a la casa de Pocho. Conversamos tanto que no me di cuenta de la hora, hasta que de casualidad miré el reloj. Eran las doce de la noche. Salí corriendo. Y mientras esperaba el bus que me regrese a casa, todas las punzadas del día cobraron sentido: Un pata se acercó, me tomó del cuello y mientras pensaba en darle el golpe que me enseñaron de chiquito en el taekwondo, el brillo de una filuda navaja me hizo desistir de la idea. Con la navaja al cuello, pensando que en cualquier momento ese cuchillo podía traspasar mis venas, tuve que decir: “llévate todo compadrito”.
Se robaron mi celular y mi billetera, y ahora soy parte del millón de denuncias reportadas por robo de celulares, porque tuve que poner mi denuncia. ¿Acaso me devolverán algo? ¿Cuántos pueden decir que recuperaron lo robado? Ahora, anda con cuidadito nomás.

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