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¿Quién no se ha sentido alguna vez solo, como un perro sarnoso al que todos compadecen y miran con desprecio? Ayer me pasó a mí. Había peleado con mis viejos, Gaby me pateó el corazón cuando la vi en Sargento abrazado de otro, y encima mis patas –entre ellos Pocho- se quitaron temprano con unas chicas a las que conocieron en el bar. Decepcionado por la vida, que a veces se pone más dura que coraza de tortuga, me eché en la cama, me abrigue hasta los dientes y se me vino a la mente Pichín, mi pata piurano. Llegó hace cuatro años a Lima – una ciudad que dice “es muy grande, gua”- decidido a convertirse en el mejor periodista, y vaya que lo está logrando.
Lejos de casa, encerrado bajo cuatro paredes y una cama todos los días, sin dinero –porque siempre anda ajustado en una ciudad donde todo se compra y todo se vende -, sin novia, metiéndose unos tragos de vez en cuando. ¿Qué se siente vivir solo, Pichín?, ¿Qué haces cuándo llegas de la ‘U’ y te das cuenta de que no tienes a quién contarle tus cosas, con quién pelear o quién te sirva la cena?
Cuando recién lo conocí y me contó que vivía solo, pensé que era lo mejor que le puede pasar a alguien. Liberarse de las cadenas opresoras de tus viejos, manejar tu vida, administrar tu dinero, en fin. De hecho, la mayoría de jóvenes, como tú, como yo, necesitamos aire, espacio para estar solos. Así puedes ir al cine, salir con las chicas que quieras, hacer lo que más te guste, vivir a tu manera, sin ataduras de ningún tipo. Según cifras extraoficiales se estima que hay más de tres millones de peruanos en el mundo. De esta cantidad, una tercera parte vive en Estados Unidos. ¿También la pasarán recontra cool ellos?

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