Ayer, que fue un martes pesado, al salir de la universidad y con los intestinos devorándose entre sí, fui a McDonald’s a comprarme una hamburguesa, y de paso saludar a Estrellita, una amiga que trabaja allí.
Mientras esperaba mi pedido, algo lamentable ocurrió. Un señor alto, de bigote, vestido con una camisa a cuadros canceló una hamburguesa con cincuenta soles. Estrellita, con tono amable le preguntó si no tenía sencillo. Esa pregunta fue el detonante de una serie de insultos contra los empleados: que eran unos estúpidos, incompetentes, la lista de adjetivos es larga. Mi amiga, que a esas alturas ya se había puesto del color de un tomate, solo me miraba. De pronto llegó el gerente, llamó a estrellita, quien luego de un rato regresó con los ojos rojos.
Recogí mi pedido y me fui, renegando contra el señor de la camisa de a cuadros, y el gerente de McDonald’s.

Al día siguiente que me crucé con Estrellita, le pregunté sobre el incidente. Entonces me pintó el verdadero rostro de Ronald McDonald’s, quien con su gran sonrisa intenta disfrazar una realidad deprimente. No es secreto que varias de estas franquicias han sido denunciadas por la falta de higiene en la preparación de sus productos o por la explotación de sus empleados, a quienes describen en su página web así: “McDonald’s da empleo a más de 700 jóvenes, los cuales comparten sus estudios universitarios con un trabajo flexible y agradable […]”. ¿De qué flexibilidad hablan si sus empleados trabajan más de ocho horas, hacen amanecidas y encima no les pagan horas extras? Y ni siquiera son capaces de obsequiarles una hamburguesa que sobró. ¿De qué compromiso hablan?
Y si a esto le sumamos que toda la comida sobrante del día la arrojan a la basura mientras millones de niños se mueren de hambre en nuestro país. ¿De qué responsabilidad con la comunidad y la niñez hablamos?

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