Una de las cosas que hubiera evitado hacer cuando estuve en Piura fue buscar a B en uno de esos arrebatos de sentimentalismo y reminescencia, mezclados con una fuerte dosis de alcohol y música, que te dan justo cuando estás con alguien agradable. Como si se tratara de una salida para llamar la atención de alguien, o como un verdadero demente, cegado por las ganas de saber qué habra sido de tu examorcito.
Fue un sábado en que me había reunido con G y unos amigos en mi casa, en La Legua. Almorzamos juntos, bebimos chicha de jora y luego la bajamos con unas rubias bien heladitas, mientras conversábamos sobre Periodismo, política, mujeres y música. Comimos como verdaderos caníbales, cortesía de mi madre que me engríe cada vez que voy a Piura.

Para sellar la jornada chupística de ese día a Aldo se le ocurrió la brillante idea de ir a un bar de la ciudad. Así que accedí porque quería relajarme y ver, de paso, si se presentaba alguien con quien pasar la noche aquel sábado. Claro: antes había que dejar a G en su casa, como un verdadero caballero, era lo justo varón.
Llevamos a G a su casa, pero me pareció muy descortés dejarla así como así luego de que yo la había animado a ir a mi casa y pasar un fantástico sábado, hasta las últimas consecuencias como habíamos acordado dos días antes. Así que renunciando a mi salida con mis amiguetes de universidad, y tal vez a alguna furcia que se presentara por allí, me bajé del Aldomóvil y llamé a la puerta de G. Salió su abuelito y me preguntó quién era. Luego de explicarle le dije que por favor llamara a G. Así lo hizo.

Nos sentamos en la fachada de sus casa, ya más cómodos y hablando sobre amoríos y desamores, universidad, proyectos, periodismo y otras cosas, sin censuras de ningún tipo. Hasta que no sé cómo se me ocurrió la idea de ir a buscar a B a su trabajo con la excusa de ir a recoger a mi hermana, con quien trabaja. Pensé que G se molestaría y me mandaría por un tubo, pero no fue así. Por el contrario, accedió gustosa acompañarme al centro de Piura.
Nos embarcamos en un taxi y nos lanzamos a la aventura de buscar a B, a las 11 de la noche, un sábado, con la esperanza de encontrarla, o tal vez ya no, sólo querías saber algunas cosas que luego comprobaste, ¿porqué lo hiciste Ralph? Ni tú mismo lo sabes?
Tal vez B estaba con Iván en una café o en una discoteca, bailando pegaditos, susurrándose al oído palabras lindas, profesándose ese amor eterno que B jamás te proclamara. Y tú, como un perfecto imbécil mendigando un amor que hace tiempo ya no existe, reclamando una explicación que ya no tiene sentido, perdiendo el tiempo con alguien que ya sabes no volverá. Pero empeñado en reconquistarla, en volver. ¿Es así R? ¿Acaso volverías con B si se te presentara la oportunidad?

Mientras caminábamos por las calles del centro de Piura conversaba con G sobre qué le diría a B si la encontraba, cómo me omportaría, qué excusa inventaría. Y estabas ebrio, no te dabas cuenta de que si B te veía en esas fachas se reiría de ti, su novio te miraría como diciédote pobre diablo. Y quedarías en ridículo, y pobre de G, también pasaría verguenza ajena por tu culpa, por tu maldita culpa.
¿Qué te pasa? ¿Acaso no recuerdas todos los malos ratos que te hizo pasar B?, ¿Las broncas que te metiste por ella? ¿Ya no más? Cuando llegamos a su centro de trabajo, para suerte mía y de G, B no estaba. Así que, con el corazón hecho añicos y lamentando no haberla encontrado, cogí a G de la mano y nos regresamos a su casa. En el trayecto fuimos comentando de por qué sufríamos tanto por B y C, dos simples letras del abecedario -Esta vez sí creo que eso son, nada más que eso-. G me pidió que llamara a C, que a esa hora seguro estaba en un matrimonio. Lo hice, pero nada. Nadie contestó.

Y no sé si G lo hizo por necesidad, porque de verdad quería escuchar la voz de C o para reclamarle por teléfono su cobardía, o si más bien fue para justificar el haberme acompañado hasta allá y no sentir que fue una tonta al hacerlo. Tal vez ambos solo fuimos hasta allá para liberarnos de aquellos fantasmas del pasado, o fue una simple excusa que inventamos para sentir que estamos vivos, que también sentimos dolor, que hay motivos por los cuales vivir.
O tal vez porque queríamos acompañarnos ambos, porque queríamos pasar un rato divertido, desestresarnos, embarcarnos en una aventura juntos, sentirnos acompañados, pasar un buen rato, reírnos de nuestras tonterías de chibolos aún inmaduros.

Tal vez esa pequeña aventura de buscar a B y a C y saber qué estaban haciendo en ese rato mientras nosotros nos partimos la cabeza por meternos en sus pensamientos y detectarlos con las manos en la masa, no era más que la azarosa muestra de que entre G y R hace rato ya se solidificó una amistad que empezó en la capital, cuando compartíamos el mismo oficio, salíamos juntos al cine, nos corríamos ya sabes de quién, y miles de etcéteras que quisiera que retornaran aunque sea por un momento, para calmar este corazón solitario.

Para terminar quería agradecerte G por ser tan buena onda conmigo, ojálá pronto volvamos a reencontrarnos, y esta vez ya no buscar a B ni C, sino a otras letras del abecedario.

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