Caminamos juntos otra vez por las negruscas calles de Lima, me miras de costado, vas como bailando, meneandote al ritmo de una canción de vaqueros, te miro y ríes mostrándome tus dientes blancos, sonrío discretamente. El viento hace que tu pelo azabache flote como tú, ahora que has empezado a moverte nuevamente. Conversamos sobre literatura y otra vez peleamos, me dices que no te has molestado y yo digo lo mismo cuando tú me preguntas, entonces todo es un enredo: las calles sucias, mis pensamientos, tus decires, este instante que lo has vuelto caótico hoy día de nuevo, tu mirada dubitativa, tus labios temblorosos, mis palabras, las calles de Breña un viernes a las 11 de la noche.

Te pido una explicación y me dices que no existe, como yo en momentos como este, cuando tus frases traspasan mi corazón, y entonces te recuerdo, otra vez vuelve tu imagen difusa, tus labios juntándose con los míos en un encuentro eterno, mis manos recorriendo los ríos de tu cintura, nuestras conversaciones al frente de tus casa, en el gras, tus aventuras en Lima, mis sueños de periodista. Tu imagen es borrosa, pero no los recuerdos. Me abrazas sin decir nada, torpemente. Te abrazo y acaricio tu pelo, te siento mía. Me apartas de mí y pienso que algo hice mal. Volvemos a discutir esta vez toda la noche, esa noche negrusca, como las calles de Lima, como tu corazón dañado, dolido, como mi pensamiento en momentos como este, cuando has vuelto otra vez para pegarme fuerte, para recordarme nuevamente un sentimiento apagado, esa mezcla de ternura y rabia que ya despertaste.

Y hubo alguien, sí que hubo alguien, aunque otra vez ese alguien haya empezado a torturarme de a poquitos, con esa extraña presencia que llega en noches como esta.

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