Estoy solo. Han pasado siete meses desde que -dejando de lado familia, hogar y amigos (as)- me embarqué en esta aventura de vivir en una ciudad que aún me queda grande, y sigo estando solo. Hasta ayer no me había puesto a pensar en eso, solo llegaba a mi cuarto de alquiler a las nueve de la noche, cogía un libro de Marsé y me zambullía en su lectura hasta que, con el cuerpo deshecho por el ajetreado día en el diario, terminaba tendido en esa cama que es tan diferente a la que tengo en Piura, y que ya conoce mi forma alborotada de dormir. Parece que ya me acostumbré a levantarme a las ocho de la mañana, encender el televisor para ver noticias, bañarme a la volada, cambiarme y salir hacia el diario, donde por gran parte del día me la paso acompañado de mis compañeros de trabajo.

Pero no me refiero a eso sino al hecho de que hoy me dado cuenta de que no tengo a ese ser especial -enamorada, chica, compañera, media naranja, o como se llame- a quien conversarle cómo me fue en el trabajo, la que me haga masajitos para desestresarme o quien me engría con sus ocurrencias. Estoy solo y es como la luna que sale cuando el sol ya se ha ocultado, tal vez porque, en el fondo, nuestras vidas están marcadas por una fuerte dosis de soledad y misterio que debemos experimentar para que luego la vida cobre un verdadero sentido. ¿Ustedes que dicen?

Le Valse D’Amelie, una canción que a cualquiera inspira a escribir y liberar esos demonios interiores.

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