Había perdido sus encantos. Ya no era más el chibolo que con una sola conversación rendía a sus pies a la mujer más dura y difícil del planeta, como en aquellas épocas gloriosas en que con soltura llevaba de la mano a las chicas hacia sus redes, de manera pensada, premeditada, así como lo hizo con M, B, C, S, D y muchas otras letras del abecedario. Esos eran tiempos pasados, que no volverían y si volvieran ya no le servirían porque justo con la chica que anhelaba aplicarlos no funcionaban. ¿Qué había pasado?, ¿acaso había cambiado, ya no era el mismo?

“Eres un egocentrista, y detesto a esa gente”, le había dicho la niña en la que estaba interesado, aunque no sabía si la quería o estaba acostumbrado a ella. Tal vez solo se sentía bien a su lado y lo había confundido con algo más profundo. Sabía que no era gusto total, no podía ser, cómo podía gustarle una chica así, no era su tipo de mujer, pero había algo que le encantaba: su risa que ayer escuchó con mayor detenimiento, sus gestos un poco estilizados, exagerados y de anime, sus conversaciones contradictorias, que lo terminaban enredadando más a ella, ligándolo de una forma casi imperceptible.

Lo peor era que, Pablito se sentía atraído por ella, casi como un imán que te va jalando cuando más te acercas, y, sin embargo, su voz interior le decía que se alejara, que la mirara con detenimiento, que no había nada de especial en ella, que era una más de esas chicas que salen con uno y otro pata para pasar el momento. Pensó esto mientras la miraba de espaldas y notaba su cuerpo un poco cansado, decaído, los ojos grandes y el cabello largo que contrastaba con su tamaño. No mediría más de 1.50, tal vez algo más, pero a Pablito no le disgustaba su estatura, estaba acostumbrado a estar con chicas menuditas, lo raro sería que lograra ligar con chicas altas, piernilargas y la carita estirada, a lo Pocahontas. Aún no las conocía, pero guardaba la esperanza de, algún día no muy lejano, captar la atención de alguna.

No se explicaba qué había en ella que lo atraía con tanta fuerza y mientras más pugnaba por averiguarlo más terminaba idealizándola como en una novela. Pero ese día, Pablito se dio cuenta de que había mutado. Ya no era él mismo con las mujeres, ya no tenía esa magia para ligar con ellas solo con hablarles. Era la primera chica con la que sus argumentos eran inservibles, se comportaba torpemente porque no sabía cómo abordarla, cómo conducirla -al final, el flirteo es eso: arte de la conducción a tu manera- sin recibir en el camino las indirectas que ella le lanzaba cada vez que él trataba de coquetearle.

Sin delicadeza, rompiendo toda ley del flirteo – sobre todo aquella que dice que nunca debes hablarle de tu ex ni compararla con ella, “¿acaso a ti te gusta que te diga que te pareces a tal o cual?”- intentaba seducirla sin éxito. Pensaba que estaba flaco, que tal vez si lograba recuperar los músculos que tenía antes la conquistaría, quizá solo debía ser más natural, mostrarse como era: sencillo, sin poses ni impostaciones, un poco silvestre, contradictorio y romanticón. Pero no fue sino hasta cuando ella le dijo que sí, que era torpe, egocéntrico y hasta posero, y que “no debía ser tan bocón” cuando entendió que estaba actuando erróneamente.

Ya en casa, Pablito reflexionó y se planteó la idea de cambiar, de volver a ser el mismo de antes, de luchar por conquistarla, de decirle eso que se le atragantaba cuando la tenía cerca, cada vez que la abrazaba y acariciaba su pelo mientras ella dormía. Tal vez ya era momento de expulsar ese adoquin de frases que siempre se quedaban a medio camino, como él, indeciso, imprudente, maricón para muchas cosas, como para decidir lanzársele y ser sincero con ella y con él mismo.

De pronto la vio otra vez, ella lo abrazó, él le acarició el cabello y el rostro, ella suspiró y él abrió la boca para preguntarle por quién suspiraba, ella le dijo que estaba enamorada. Él, con el corazón latiéndole a mil y un ligero temblor en todo el cuerpo, le pidió que le contara, mientras ella se negaba, hasta que luego de tanta insitencia aceptó. Lo miró a los ojos y le dijo que por favor no se molestara, que confiaba mucho en él y que esperaba que eso no afectara su relación de amistad. Él, con las manos sudándole y la voz temblorosa, le dijo que sí, que no se preocupara, que nada cambiaría, que seguirían siendo amigos, pero que le diga ya, que se moría de las ganas de saber quién era ese chico que la ténía como loquita, perdida en el espacio sideral.

Estoy enamorada de Pedro, tu amigo. Lo amo y lo he amado en silencio todo este tiempo. Él, que sentía que todo le daba vueltas, que se iba a caer en cualquier momento, solo le pidió que lo acompañara a su casa, donde luego de tomarse un vaso con agua y de moderse los labios se echó a llorar amargamente. Y cuando despertó tenía los ojos húmedos y sentía el cuerpo pesado.

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