Siempre he querido saber porqué una mujer se vuelve puta. En mis intentos por colmar esta curiosidad he acudido a amigos que tienen más experiencia en la materia y, ayudado de lecturas y películas, he intuido múltiples respuestas: desde “necesito la plata para estudiar” hasta “me dijeron que ganaría bien”, sin olvidar claro: “me engañaron que trabajaría como modelo” o “no me queda de otra”. Frases de muchas jovencitas cuando se les pregunta por su oficio y, con la mirada gacha, confiesan haber sido reclutadas por proxenetas o ‘cafichos’, mediante tretas bien contadas, que ellas se creen.

Las pocas veces que he asistido a nightclubs, por ejemplo, (siempre con ese afán de escudriñar en realidades para muchos prohibidas, pero más llevado por la pasión del oficio) he conversado con las chicas que allí trabajan y lo que más me ha llamado la atención es la frialdad de sus palabras, la distancia con la que se tratan. Es como si los constantes abusos sexuales las hubieran convertido en meros objetos que ni piensan ni sienten, que son solo máquinas de hacer dinero.

Pero detrás de esta penosa realidad que la vemos cuando salimos por las noches a las calles hay un agente que no ha sido tomado en cuenta: el caficho, el proxeneta, ese sujeto que forma parte de una mafia más grande. Son estas organizaciones de tráfico de personas las que continúan alimentando el turismo sexual en nuestro país, muchas veces, a vista y paciencia de las autoridades. No es secreto que en Iquitos, Cusco o Lima existen estos negocios, bien camuflados, pero que están allí, como la sombra que emerge cuando empieza a caer la noche.


Les dejo este videíto de Aerosmith, Pink, una buena canción que habla sobre esos amores huidizos y que están en la frontera entre lo ilegal y lo pasional.

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