octubre 2008


No viví la gloria del vóley peruano. Y creo que quienes nacimos en 1986 tampoco. Seúl 88 es para nosotros una historia perdida en nuestros primeros pasos o nuestras primeras palabras, una suerte de leyenda que no nos pertenece –como sí a nuestros padres– porque no la palpamos. No tuvimos que madrugar para ver a nuestras ‘pequeñas gigantes’ jugarles de igual a igual a selecciones como Brasil o China, tampoco aplaudimos con fuerza cada mate de Gaby ni cruzamos los dedos ante los ataques contrarios. Menos dejamos de ir a clases –porque aún éramos muy pequeños- o al trabajo para ver una final que terminó en una rara mezcla de rabia, alegría y lágrimas a la vez.

Ese triunfo que hasta ahora no ha vuelto a repetirse desde entonces en el vóley es totalmente ajeno a nuestra generación. Hace poco leí una crónica sobre Seúl 88 y la recreación de aquella final que paralizó a todo un país. La leí como he leído miles de historias que no he vivido, y como en aquellos relatos me emocioné porque las historias cuando están bien contadas inyectan esa adrenalina que sentimos al pasar nuestros ojos por cada línea de texto. Pero no porque la haya vivido en carne y hueso.

Nosotros pertenecemos a otra generación: la que ha vibrado con las proezas de los ‘jotitas’ en el mundial sub 17, la que sufre con los partidos de la selección peruana en las eliminatorias, ese grupo de muchachos que guarda la esperanza de poder ver a nuestra selección de fútbol otra vez en un mundial. Esa camada de chicos que sueña con palpar, gritar, aplaudir y llorar a las jóvenes voleyvolistas en cada mate, bloqueo y punto disputado, como lo hicieron nuestros padres en aquellas madrugadas de Seúl.


En este vídeo se observa a nueva generación de voleyvolistas. Ojalá y puedan hacernos vibrar a quienes no vivimos la gloria de Seúl 88.

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Un loco, abrigado con una colcha de a rayas, descalzo y con las mechas sueltas, atraviesa lentamente la calle, mientras detrás de él, un señor de bigotito ofrece palomitas de maíz a los transeúntes de la zona. Ambos personajes sirven de prefacio a nuestra excursión por la feria de libros del jirón Amazonas, un mercado de compra- venta de libros de segunda mano.
Ubicado en la cuadra cuatro del jirón Amazonas, dentro del llamado damero de Pizarro, en pleno corazón de Lima, este campo ferial recibe a sus visitantes con un cartel que reza: “Bienvenidos al paraíso de los libros”, colocado justo encima de la puerta de ingreso.

Son las cinco de la tarde y el pensamiento de Rubén Darío remece mi mente como un dinamitazo cuando entro al centro comercial: “El libro es fuerza, es valor, es alimento, antorcha del pensamiento, libertad y manantial de amor” escrito sobre una gigantografía sostenida con dos cañas de guayaquil. En ese instante, Andrea coge un libro de una de las vitrinas de la Sala Permanente de Lectura, un espacio que funciona diariamente a modo de biblioteca de consulta de libros para niños, jóvenes y adultos.

Andrea lee recostada sobre una silla de madera La princesa Verdadera, un cuento que forma parte de las más de cien obras literarias y revistas que alberga este recinto. Mientras avanzo por cada stand pienso en el primer párrafo de Crónica de San Gabriel, de Ribeyro: “Las ciudades como las personas o las casas tienen un olor particular, muchas veces una pestilencia (…) Lima olía a ropa guardada”, es el mismo olor que transpira este lugar. Es el olor a polvo, a polilla, a papel guardado, que empieza a invadir mi mente.

Un dossier de prostitución de un autor francés me levanta la mano desde lejos. Me acerco con katty –la fotógrafa– hacia uno de los 200 stand que componen este mercado libresco. Nos atiende un señor moreno que lleva sobre la cabeza unos anteojos. “¿Qué libro buscan amigos?” nos pregunta iniciando el diálogo. Le pregunto por el dossier de prostitución y me dice que cuesta 20 soles, nada menos. Katty le compra un libro grueso, de pasta dura con las obras completas del escritor inglés D.H Lawrence a solo diez soles. ¡Regaladazo!, pienso mientras ella me mira como intuyendo mi pensamiento.

De pronto, un librito me coquetea. Lo cojo. Es el bestiario de Cortázar. Antes ya había adquirido por diez soles Las aventuras de Miguel Littín clandestino en Chile de García Márquez por sugerencia de Katty. Ahora intento comprar a menor precio la obra del escritor argentino, pero el vendedor que se ha percatado de nuestra emoción por los libros me dice que cuesta doce soles. No, le digo. Me parece mucho por un libro usado y con algunas rayaduras. Nos vamos.
Más allá, en otra tienda alguien ofrece las ediciones más antiguas de la National Geographic, Gatopardo y Etiqueta Negra. A lo lejos alguien pregunta por el diccionario Larousse, un libro de Chiavenato de Introducción a la Administración y Trópico de cáncer de Henry Miller. Sí los tengo, se escucha.

Continuamos caminando y llegamos al puesto de Abelardo, uno de los libreros más conocidos de la feria y dónde a decir de muchos se puede encontrar de todo. Alberto, le pregunta por algunas obras de Jean Baudrillard, Michel Foucault y otros filósofos postmodernos. No hay. Pero, a cambio, Abelardo le ofrece la primera edición en español de La hermandad de la uva del escritor estadounidense Jhon Fante. Alberto sonríe, y sé que está estallando en su interior. Le pregunta por Trópico de cáncer de Henry Miller. No lo tiene, pero le dice que lo puede conseguir. A él y a todos los postmodernos que quiera. Y si el libro es muy difícil lo fotocopia, pero al final, siempre lo consigue.

Damos un par de vueltas más y salimos. Pasamos por la zona de mochilas y maletines, dejamos atrás los puestos de comida y enrumbamos hacia el diario. En Amazonas hay más de lo que uno se imagina, solo hace falta inmiscuirse entre esos anaqueles para descubrir un verdadero río de cultura.