No viví la gloria del vóley peruano. Y creo que quienes nacimos en 1986 tampoco. Seúl 88 es para nosotros una historia perdida en nuestros primeros pasos o nuestras primeras palabras, una suerte de leyenda que no nos pertenece –como sí a nuestros padres– porque no la palpamos. No tuvimos que madrugar para ver a nuestras ‘pequeñas gigantes’ jugarles de igual a igual a selecciones como Brasil o China, tampoco aplaudimos con fuerza cada mate de Gaby ni cruzamos los dedos ante los ataques contrarios. Menos dejamos de ir a clases –porque aún éramos muy pequeños- o al trabajo para ver una final que terminó en una rara mezcla de rabia, alegría y lágrimas a la vez.

Ese triunfo que hasta ahora no ha vuelto a repetirse desde entonces en el vóley es totalmente ajeno a nuestra generación. Hace poco leí una crónica sobre Seúl 88 y la recreación de aquella final que paralizó a todo un país. La leí como he leído miles de historias que no he vivido, y como en aquellos relatos me emocioné porque las historias cuando están bien contadas inyectan esa adrenalina que sentimos al pasar nuestros ojos por cada línea de texto. Pero no porque la haya vivido en carne y hueso.

Nosotros pertenecemos a otra generación: la que ha vibrado con las proezas de los ‘jotitas’ en el mundial sub 17, la que sufre con los partidos de la selección peruana en las eliminatorias, ese grupo de muchachos que guarda la esperanza de poder ver a nuestra selección de fútbol otra vez en un mundial. Esa camada de chicos que sueña con palpar, gritar, aplaudir y llorar a las jóvenes voleyvolistas en cada mate, bloqueo y punto disputado, como lo hicieron nuestros padres en aquellas madrugadas de Seúl.


En este vídeo se observa a nueva generación de voleyvolistas. Ojalá y puedan hacernos vibrar a quienes no vivimos la gloria de Seúl 88.

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