Ayer, que fue un martes pesado, al salir de la universidad y con los intestinos devorándose entre sí, fui a McDonald’s a comprarme una hamburguesa, y de paso saludar a Estrellita, una amiga que trabaja allí.
Mientras esperaba mi pedido, algo lamentable ocurrió. Un señor alto, de bigote, vestido con una camisa a cuadros canceló una hamburguesa con cincuenta soles. Estrellita, con tono amable le preguntó si no tenía sencillo. Esa pregunta fue el detonante de una serie de insultos contra los empleados: que eran unos estúpidos, incompetentes, la lista de adjetivos es larga. Mi amiga, que a esas alturas ya se había puesto del color de un tomate, solo me miraba. De pronto llegó el gerente, llamó a estrellita, quien luego de un rato regresó con los ojos rojos.
Recogí mi pedido y me fui, renegando contra el señor de la camisa de a cuadros, y el gerente de McDonald’s.

Al día siguiente que me crucé con Estrellita, le pregunté sobre el incidente. Entonces me pintó el verdadero rostro de Ronald McDonald’s, quien con su gran sonrisa intenta disfrazar una realidad deprimente. No es secreto que varias de estas franquicias han sido denunciadas por la falta de higiene en la preparación de sus productos o por la explotación de sus empleados, a quienes describen en su página web así: “McDonald’s da empleo a más de 700 jóvenes, los cuales comparten sus estudios universitarios con un trabajo flexible y agradable […]”. ¿De qué flexibilidad hablan si sus empleados trabajan más de ocho horas, hacen amanecidas y encima no les pagan horas extras? Y ni siquiera son capaces de obsequiarles una hamburguesa que sobró. ¿De qué compromiso hablan?
Y si a esto le sumamos que toda la comida sobrante del día la arrojan a la basura mientras millones de niños se mueren de hambre en nuestro país. ¿De qué responsabilidad con la comunidad y la niñez hablamos?

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El Comercio Perú
La historia de José y Janeth se escribe con sangre, rabia y veneno. Hasta hace un año eran una pareja de enamorados, como las miles que deambulan, cogidos de la mano, a diario por las calles. Pero sus vidas cambiaron con la misma rapidez con la que sus padres decidieron separarlos. Ellos habían prometido “amarse hasta la muerte”. La policía halló los cuerpos de los jóvenes en un hotel. Estaban abrazados, con las manos juntitas, uno al lado del otro. Una carta yacía sobre la mesa de noche de la habitación. En el suelo había un sobre de un raticida y una botella de gaseosa.
Ese es solo uno de los 390 casos de suicidios (23 más que el 2006) registrados el año pasado por el Instituto Especializado de Salud Mental del hospital Honorio Delgado-Hideyo Noguchi. De estos, casi la mitad corresponde a jóvenes de entre los 18 y 30 años desempleados o estudiantes.
¿Por qué nos estamos matando? Según el psiquiatra Freddy Vásquez Gómez, del instituto Honorio Delgado, la depresión y los problemas de pareja son la principal causa del suicidio en gente de nuestra edad. ¿Generación muy emotiva o muy vacía?

5 motivos para vivir

1. La pituca
Escuchar la nueva versión en ruso de este clasicazo de Tongo.

2. Vía Expresa del Callao
Verla terminada, bien maquilladita, y poder recorrerla aunque sea una vez en bicicleta.

3. Burga
Verlo fuera de la Federación Peruana de Fútbol de una vez.

4. Perú en un mundial
Ver a los ‘jotitas’ sacando pecho por nuestro país, coreando nuestro himno.

5. Buses ecológicos
Para que se termine la pesadilla de viajar por Lima, con choferes abusivos y humo peor que chimenea.

¿Cuáles son tus motivos?