Aquel fue un día de miércoles. Me levanté tarde como de costumbre, y al salir a la calle rumbo al trabajo sentí una punzada a la altura del corazón. Un presagio, tal vez, de lo que sucedería ese día. Una cuadra antes de llegar a la universidad, un pedazo de chicle en el pantalón me convirtió en el centro de atención de algunas chicas, que me miraron de manera inusual. Más tarde, en clases, otra vez la punzada en el corazón. “Debería fumar menos, y evitar comer tanta comida chatarra”, pensé.
Por la tarde, en casa, peleé con mis hermanos. Andaba de mal humor, no sé que me pasaba, algo me fastidiaba y no sabía qué. Era uno de esos días donde presientes que algo anda mal, y sin saber, te desquitas con los demás. Trate de alejar esa extraña sensación caminando un poco, mirando el cielo gris de Lima y respirando el poco aire fresco que queda.
Una llamada al cel me llevó hasta San Miguel, a la casa de Pocho. Conversamos tanto que no me di cuenta de la hora, hasta que de casualidad miré el reloj. Eran las doce de la noche. Salí corriendo. Y mientras esperaba el bus que me regrese a casa, todas las punzadas del día cobraron sentido: Un pata se acercó, me tomó del cuello y mientras pensaba en darle el golpe que me enseñaron de chiquito en el taekwondo, el brillo de una filuda navaja me hizo desistir de la idea. Con la navaja al cuello, pensando que en cualquier momento ese cuchillo podía traspasar mis venas, tuve que decir: “llévate todo compadrito”.
Se robaron mi celular y mi billetera, y ahora soy parte del millón de denuncias reportadas por robo de celulares, porque tuve que poner mi denuncia. ¿Acaso me devolverán algo? ¿Cuántos pueden decir que recuperaron lo robado? Ahora, anda con cuidadito nomás.

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Entérate sobre cómo la fiebre de la cumbre APEC ha hecho que viajar por Lima se convierta en una verdadera aventura

El tráfico en Lima es caótico. Pero si antes lo era por la cantidad de combis, buses y autos que circulan por la ciudad o el sinnúmero de semáforos y rompemuelles en cada esquina, ahora lo es debido a la simultaneidad con que se han cerrado varias arterias de la capital. Primero fue Arenales, después Arequipa, luego Petit Thouars – que ya reabrieron y aún no terminan de asfaltar- y ahora anuncian que el lunes se cerrará un nuevo tramo de la avenida Arequipa, así como parte de Javier Prado, entre Arenales y Pershing.
Todas estas obras de rehabilitación pre cumbre APEC han hecho que viajar por Lima se convierta en una verdadera tortura, tan espeluznante como una película del cine gore, tan insoportable como una canción de Floricienta.

Abróchate un plan B
Todo esto hace que quienes viajamos a diario hacia algún punto de la ciudad tenemos que salir veinte minutos más temprano a lo acostumbrado, tener un plan B de desvío, rezar porque este día no hayan cerrado una nueva avenida o que a alguien no se le haya ocurrido realizar una nueva movilización.
El problema es que un día vas con tu carro y te das cuenta que la ruta que usabas la han cerrado y entonces debes buscar un desvío que al final te toma más tiempo de lo que esperabas. A esto le sumas los baches de las pistas, el ruido molestoso del claxon, las lisuras de los choferes, los conductores lentejas, los embotellamientos, las calles enrejadas… Y ahora las pistas en reparación.
¡Dios nos coja con los cinturones puestos!

Lima apesta. Sí, señor, usted que está pensando venir a pasar vacaciones o navidad al lado de sus familiares, piénselo dos veces. No se precipite, puede arrepentirse… se lo digo por experiencia. En Lima ya no cabe más gente, con las justas respira, y ese ambiente atestado de gente, de carros, de aire contaminado, de basura y de chatarra no le gusta a nadie, ¿o sí?

 lima

Viajar a Lima desde Piura en bus es toda una aventura, un riesgo desenfrenado, una locura que sólo pueden permitirse los que aman el riesgo, la adrenalina, la sangre chorreando por cada vena inflamada de tanto estrés. Cruzar el Pasamayo y ver que tu vida pende de un solo hilo, de la destreza del chofer, de la lucidez con la que maneje. Después toparte con un grupo de gente -armada hasta los dientes- que ha bloqueado la carretera de ingreso a Puente Piedra porque hace unas cuantas horas un camión chocó a un tico, y entonces debes ingresar por Ventanilla y Ancón. Observar aquí como el humo de las fábricas de Solgas Repsol u otra compañía foránea contamina el aire, que más tarde viajara hacia la ciudad de Lima.

Llegar al terminal cansado por el viaje, subirte en un auto que te cobra quince soles cuando viajando en bus te sale por tres soles; y ver cómo el chofer tiene que virar hacia ambos lados para evitar ser chocado por los autos que se le meten. Sí, parece una película de persecuciones, pero es real. Luego llegar a casa, desayunar a la volada y salir hacia el Ministerio de Trabajo. Llegar y darte cuenta que la burocracia tan criticada existe, que no es un invento de los viejos resentidos ni de las tías cardíacas.

Estar en Lima una semana y aburrirte de comer pollo, pollo y más pollo – me van a salir plumas- , no tener con quien jugar, extrañar a tus viejos aunque estés cabreado con ellos, y encima tener que soportar el ánimo de los microbuseros que se aprovechan de tu pobre condición de provinciano. Dormirse a las diez de la noche máximo porque luego comienzan a salir los dueños de la noche, de las casas, de los parques y de Lima. Sí, señores, así como lo escuchan… Lima sigue siendo La Horrible. Y a toda honra.