Mi primera canción era un trozo de la esquina, como dice Alejandro Sanz. ¿La tuya de que estaba hecha?, le pregunté ayer a Pocho mientras nos divertíamos con unas amigas en El Dragón, lugar al que llegamos por sugerencia de una de ellas. La respuesta saltó al toque: tenía aroma de mujer. Las chicas, con quienes conversábamos amenamente esa noche, contragolpearon sin decir nada ¿No que los hombres no lloran? Ustedes son las lloronas, reaccionó al toque Pocho. Había que dejar las cosas bien claras. Y Pocho lo sabía. El debate que se armó luego fue tratar de explicar por qué hombres y mujeres somos tan masoquistas con las canciones.

Porque de pronto vas en el micro y escuchas esa cancioncilla que te recuerda a tu primer amor, y entonces es imposible dejar de corearla. Es como si un diablo extraño se apoderara de tu cuerpo y mente, una catarsis que lleva a los más depresivos a cortarse las venas.

Todos, estoy seguro, alguna vez hemos sentido la necesidad de cantar –gritar o vociferar – una canción que justo cae a pelo en ese momento de tu vida. No importa si es dolor, muerte, sangre, alegría, éxtasis, decepción, al final todo sentimiento humano siempre termina materializándose en una canción que ya sabes, se convierte en telón de fondo de toda fiesta o reunión social a la que asistes, la que pides una y otra vez. Tanto así que es necesario sacarte de la fiesta para no arruinar la fiesta de bodas, el quinceañero o el cumpleaños de tu pata o conocido.

Pues debes entender que no todos sufres en el momento que tú sufres, no todos ríes cuando hasta tu perrito te mueve la cola. Y eso es lo más paja de la vida: la diversidad. ¿Qué sería de la vida si todos fuéramos unos looney tunes o unos emos fatalistas? Como decía – y con toda la razón del mundo- Ernesto Sábato: “La esperanza es el único alimento que mantiene con vida al hombre”. Las canciones también tienen esa misma magia de reflejar todas las facetas humanas. ¿Tú qué piensas?

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Vean este videíto, sobre todo para aquellos que alguna vez se han sentido como este Elmo Emo.

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El Comercio

Es la segunda vez que vuelves al mismo salón de clases, a escuchar ese floro que ya conoces de memoria pero que siempre olvidas en el momento decisivo. Llega el día de tu examen final, ese que decidirá si pasas el curso – y todos tus patas celebran contigo por ser el único que no lo ‘trikeó’- o terminas saliendo de la ‘U’ por la puerta de atrás.
En el preludio del examen, reunido a medianoche con tus patas, en medio de tazas y más tazas de café, lanzas la típica frase suicida de los universitarios: Si no la hago en esta me mato. Tal vez no lo hagas tú, pero sí tus viejos.
Las expresiones suicidas o que aluden a la muerte son tan cotidianas como las mismas conversaciones. ¡Me muero! es la típica locución gramatical que soltamos cuando escuchamos –y sobre todo las chicas- contar a nuestros patas una de esas historias donde la vida está en riesgo, tipo me asaltaron y logré escapar.
Otros prefieren morirse de a pocos. ¿Cómo estás? le preguntas a tu pata. Él, enfático, responde: Me estoy muriendo. El mismo tránsito, caótico, estresante, se vuelve acelerador de este tipo de frases. Este embotellamiento es para morirse, en ese accidente vi de cerca la muerte.
Las relaciones amorosas no escapan a este fenómeno. Si me dejas me mato, reza la escueta oración de las mujeres – o también de algunos chicos- en el preludio de la ruptura amorosa.
En los casos más extremos los problemas de mujeres, hombres, padres a hijos o notas de la ‘U’ nos llevan a decir frases de este tipo: Creo que mejor sería no estar en este mundo, mi vida ya no tiene sentido, estoy muerto. Y para cerrar digo que este asunto está en muere.

Y tú, ¿qué frases suicidas usas?

El lunes tenía que presentar su trabajo de Fundamentos del Periodismo. Era domingo. Ocho de la noche. El fin de semana, Peter se lo había pasado vagando con sus amiguetes de juerga. La fiesta en la casa de Ivette había sido todo un éxito. Le había declarado su amor y ella lo había aceptado. Estaba feliz por eso, saltaba en un pie. De pronto se veía solo en su cuarto, frente a la computadora luego de una noche de diversión, de besos, de abrazos. Trataba de concentrarse en el tema pero nada, no le salía nada de su enorme cabeza, sentía que todas las palabras se las había robado Ivette, que se habían quedado impregnadas allí entre sus labios. Sentía ganas de maldecir a todo el mundo, de desatar su voz en un huracán que arrasara los momentos más infelices y trágicos de su corta vida, que llegase hasta la casa de Ivette, que chocase en cada rostro libidinoso de un hombre que jadeaba encima de una mujer en cualquier parte del mundo; que se instalara en el aula del pabellón central del colegio San Luis, ese enorme colegio, de paredes despintadas y con fama de nido de malandrines violentos y desaforados. ¡Cómo iba a olvidar aquellos momentos si los llevaba intrincados en su memoria como las líneas de un jeroglífico!, tiempos de aventura, de diversión, de galanteo, de vagancia, de desgracias.Sentía impotencia ante el hecho de no poder retroceder el tiempo para evitar aquellas desgracias que muchas veces uno no puede evitar porque tienen que suceder. Tenía ganas de llorar, rabia, miedo, desilusión, tristeza por lo que se va y no vuelve, por lo que sólo se tiene que recordar. “Cómo no recordar las tardes de pichangas, las aventuras en el play, los amores de secundaria, las broncas de desafío”, pensaba mientras trataba de capturar algún pensamiento útil que le permitiera iniciar su trabajo de Periodismo. Lo que más añoraba aquella noche triste era oír las voces de sus amigos de colegio, la risa del Paiche, los chistes de la Vaca Loca, las bromas del Pajero. Una imagen tras otra se sucedían en su mente como un trepitante film de persecuciones, veía nítidamente las imágenes de los cuerpos que rodeaba a un cadáver que yacía en la cancha de fútbol. Sí, era Marcos, el Cojo, el sujeto más temido del San Luis.
Recordaba que el primer día de clases, cuando recién había ingresado a primero de media, el Cojo llegó a sus aula y les pidió dinero a todos. Con su pandilla de malandrines, cogieron a uno por uno y les vaciaron hasta el último centavo que tenían. El Pajero trató de resistirse pero de un puñetazo en la nariz, Marcos el Cojo le hizo entender que en el San Luis quien gobernaba era él.
Su muerte se produjo, como en las películas sobre pandillas, a manos del jefe de las Cebras. El desafío se había producido en la calle unos días antes de su fiesta de promoción. El Cojo caminaba por la calle con su enamorada, cuando se le acercó un grupo de malditos pandilleros (eran las Cebras) que le pidieron dinero, y como él se resistió, trataron de violar a su enamorada. Hábilmente, sin embargo, lograron escapar. El Cojo sólo había sufrido un rasguño, como ahora le repetía a sus amigos que se hallaban reunidos para idear la forma de vengarse. Después de dos días de ocurrido el incidente, las Cebras aparecieron en la cancha del San Luis. Cuando los detectaron, los muchachos rápidamente hicieron un círculo. En medio quedaron sólo Marcos el Cojo y “Chuso”, el jefe de las Cebras. Los alumnos más pequeños vigilaban que nadie interrumpiera el espectáculo, que no aparecieran los auxiliares y los tomaran por sorpresa, porque entonces estarían de patitas en la calle. Las miradas de los presentes confluían hacia un mismo punto. De pronto “Chuso” sacó una chaveta y se la mostró al Cojo, quien en respuesta automática, hizo brillar el filo de un cuchillo grande y filudo. Los rodeos empezaron. Era una lucha entre los jefes, por eso el resto del grupo no podía intervenir. El Cojo se lanzó encima del Chuso, luego de que lo despojara de su arma de una patada, y empezó a darle de alma. En el forcejeo, Chuso le llenó los ojos de arena. El Cojo perdió la concentración. Los muchachos pretendían abalanzarse, pero las miradas del resto de la pandilla se lo impedían. De pronto se oyó un grito ahogado. En el suelo, Chuso lo remató clavándole cinco puñaladas seguidas. Su polo se tiñó de dolor. De dolor profundo. De muerte. Chuso y su pandilla se escaparon más rápido de lo que demoró en propagarse la noticia. Lo último que Peter recordaba eran los rostros sudorosos de los muchachos y la cara de incógnita de los auxiliares, que gritaban desesperadamente a los alumnos para que se apartaran del cuerpo que yacía en el suelo.
En ese momento, Peter se levantó del asiento y tomó una foto de la mesa, en ella se observaba a un grupo de jóvenes en actitud alegre y vestidos de manera rebelde. En la parte inferior se leía: Con mis amigos, Paiche, la Vaca Loca, el Pajero y mi hermano el Cojo. En ese momento no pudo resistir más y lloró, lloró amargamente mientras recordaba a su hermano tendido en la arena de la cancha de fútbol, y él diciéndole hermano no te vayas, levántate.