Son poco más de las 10 de la noche y aún estoy en el diario, vigilante ante cualquier acontecimiento que podría cambiar la portada del diario o las notas abridoras de las respectivas secciones. Es el tercer sábado que hago turno en Lima, la sección donde trabajo, y hasta hoy no ha ocurrido algo realmente fuerte que merezca la pena contar. El sábado pasado me enviaron a las ocho de la noche a cubrir una fuga de gas en Angamos, donde según los vecinos se había producido la ruptura de una tubería de gas natural. Hasta hoy aún no se ha determinado la causa exacta de este fenómeno. 

Entonces se me viene a la memoria aquella historia que me contó Diana Seminario, la editora de Política, cuando se produjo el atentado terrorista en Tarata. Ella estaba de turno en la sección y tuvo que cubrir este acontecimiento. Fue al´go increíble según me cuenta porque a esa hora ya no hay redactores en el diario. Y los pocos que se quedan deben asumir la responsabilidad a esa hora – ¿a ver quién te contesta el teléfono?- de escribir la noticia que será portada el día de mañana.

Definitivamente es un trabajo duro este de ser periodista, pero que a mí me apasiona a tal punto que espero a que sean las once de la noche en punto para irme a casa, con la conciencia tranquila, sabiendo que cumplí con mi deber y que mañana será un nuevo día para empezar, para informar y dar a conocer al mundo aquello que ocurre todos los días.

 

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lluviasRalph zapata Ruiz
Hace quince días regresé a Piura después de tres meses de ausencia, en los que debí acostumbrarme al ritmo acelerado de la capital. Por cuestiones de trabajo dejé el lugar donde nací, donde crecí y en el que fui explorando, paso a paso, cada uno de sus rostros, de su gente, de sus ‘huecos’ y de su calidez en todo el sentido de la palabra.

Mi regreso no fue tan espectacular como lo había planificado. Nadie me recibió con abrazos ni besos en la agencia ni me dijeron que me habían extrañado y que se alegraban al verme. Y me dolió porque para volver a ‘la ciudad del eterno calor’ había superado mil y un vallas.

Al subir al bus sentí una extraña sensación de alegría y a la vez pena al desconocer lo que encontraría en Piura. ¿Habrán cambiado mis hermanas?, ¿me habrán extrañado mis amigos? ¿Habrá mejorado un poquito Piura? Me cuestionaba mientras miraba las estrellas por la ventana y dejaba volar mi imaginación.

Por la ansiedad de llegar a mi casa y ver a mi familia, aquella noche no logré pegar un ojo. En realidad, cada vez que viajo en bus no logro conciliar el sueño. Será tal vez por una cuestión de preocupación por lo desconocido o simplemente porque mi organismo sabe qué ‘hay que mantenerse despierto’.

Al rayar el alba y ya en Chiclayo me sorprendí al ver el verdor de lo que antes era puro desierto. El efecto de las torrenciales lluvias había provocado que las áridas tierras piuranas se llenaran de verdes hierbas que ahora le dan un aspecto más atractivo, más vivo.
Lo primero que hice al bajar del bus fue respirar el aire de los algarrobos, mirar las calles piuranas, observar a la gente, olfatear las comidas y pasar un vistazo súper rápido por la ciudad.

Una vez que superé el síndrome del ‘recién llegadito’ logré analizar con detenimiento cada molécula de la ciudad. El resultado fue espantoso. La madre naturaleza se había empeñado en poner en aprietos otra vez a las autoridades y estas no habían sabido responder a la furia de las lluvias. Calles destrozadas, pistas rotas, tránsito desordenado, informalidad a cada paso que daba me hicieron reconocer que a Piura, la primera ciudad fundada por los españoles, se lo estaba llevando el agua, ante el letargo de sus ciudadanos. Entonces recordé la escena final de Cien años de Soledad donde el viento se encarga de sepultar los últimos restos de Macondo, una ciudad fundada y destruida por los Buendía, una estirpe que se asemeja a toda la humanidad.

En nuestro caso, quienes se están encargando de acribillar de a pocos nuestra querida Piura son las mismas autoridades, los ciudadanos adormecidos, la furia de la naturaleza, una naturaleza que busca despertar esa memoria frágil que tenemos los piuranos, los peruanos. No es la primera vez que nos afectan las lluvias, sino que es un fenómeno que forma parte de nuestra naturaleza de región cálida. Pero parece que aún no hemos aprendido. Y eso me da mucha pena. Y rabia también.