Como todos los días, hoy al llegar a la oficina, abrí la web de El Tiempo de Piura y una nota llamó mi atención. La escribía mi amigo Renato Velásquez y se titulaba “El alumno Vargas Llosa” e informaba sobre un trabajo de los alumnos de la Universidad de Piura, quienes desempolvaron las actas de notas de 1952 del Colegio Nacional San Miguel, época en la que el escritor estudió en el Colegio Nacional San Miguel.

Según el informe, el autor de la Ciudad y los perros fue un alumno cumplidor, aunque destacaba en Literatura, curso en el que obtuvo las máximas calificaciones. En general, la noticia indica que en conducta y Educación Física logró bajas calificaciones.

Durante la imposición del grado de Honoris Causa por la Universidad de Piura, Vargas Llosa rememoró la época en que estudió en ese grande colegio de paredes despintadas. “A mi me ha emocionado mucho verlo, lo quiero mucho, fue también un magnifico profesor, mío y de muchas generaciones de piuranos que estoy seguro lo quieren. Lo respetan y lo veneran como yo, pero además de buen profesor José Estrada Morales fue para mi un magnifico incitador en lo que se refiere a mi vocación literaria, él me ayudó a convencer al director del San miguel, que en aquel año, durante la Semana de Piura – en la que el Colegio San Miguel ofrecía siempre a la ciudad un espectáculo. El espectáculo que ofreciera ese año 1952 fuera una obra de teatro que yo escribí y que se llamaba, el nombre me ruboriza un poco: la Huida del Inca”.

Su paso por Piura, como el mismo señalara, le ayudó a formar su vocación literaria y se refleja en parte de su producción periodística, sobre todo en sus primeros libros, como Los Jefes o La casa verde. En el libro Los jefes hay un cuento, El Desafío, que pinta claramente el universo piurano y las aventuras y desventuras de Don Vargas Llosa por suelo piurano. Y que el abogado piurano Manuel Rosas recoge en una columna de opinión que escribió para El Comercio.

Según refiere Ricardo Chávez en su blog , hace poco se creó El Instituto Vargas Llosa en Piura, con la ayuda de varios ciudadanos amantes de la literatura. La finalidad del instituto es fomentar la investigación de la obra del escritor, una de las más influyentes en los últimos tiempos. Sin embargo, aún hace falta la ayuda de las autoridades piuranas para cumplir con todos los objetivos. Es compromiso de todos vanagloriar y rendir homenaje a un gran literato como es Mario Vargas Llosa.

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lluviasRalph zapata Ruiz
Hace quince días regresé a Piura después de tres meses de ausencia, en los que debí acostumbrarme al ritmo acelerado de la capital. Por cuestiones de trabajo dejé el lugar donde nací, donde crecí y en el que fui explorando, paso a paso, cada uno de sus rostros, de su gente, de sus ‘huecos’ y de su calidez en todo el sentido de la palabra.

Mi regreso no fue tan espectacular como lo había planificado. Nadie me recibió con abrazos ni besos en la agencia ni me dijeron que me habían extrañado y que se alegraban al verme. Y me dolió porque para volver a ‘la ciudad del eterno calor’ había superado mil y un vallas.

Al subir al bus sentí una extraña sensación de alegría y a la vez pena al desconocer lo que encontraría en Piura. ¿Habrán cambiado mis hermanas?, ¿me habrán extrañado mis amigos? ¿Habrá mejorado un poquito Piura? Me cuestionaba mientras miraba las estrellas por la ventana y dejaba volar mi imaginación.

Por la ansiedad de llegar a mi casa y ver a mi familia, aquella noche no logré pegar un ojo. En realidad, cada vez que viajo en bus no logro conciliar el sueño. Será tal vez por una cuestión de preocupación por lo desconocido o simplemente porque mi organismo sabe qué ‘hay que mantenerse despierto’.

Al rayar el alba y ya en Chiclayo me sorprendí al ver el verdor de lo que antes era puro desierto. El efecto de las torrenciales lluvias había provocado que las áridas tierras piuranas se llenaran de verdes hierbas que ahora le dan un aspecto más atractivo, más vivo.
Lo primero que hice al bajar del bus fue respirar el aire de los algarrobos, mirar las calles piuranas, observar a la gente, olfatear las comidas y pasar un vistazo súper rápido por la ciudad.

Una vez que superé el síndrome del ‘recién llegadito’ logré analizar con detenimiento cada molécula de la ciudad. El resultado fue espantoso. La madre naturaleza se había empeñado en poner en aprietos otra vez a las autoridades y estas no habían sabido responder a la furia de las lluvias. Calles destrozadas, pistas rotas, tránsito desordenado, informalidad a cada paso que daba me hicieron reconocer que a Piura, la primera ciudad fundada por los españoles, se lo estaba llevando el agua, ante el letargo de sus ciudadanos. Entonces recordé la escena final de Cien años de Soledad donde el viento se encarga de sepultar los últimos restos de Macondo, una ciudad fundada y destruida por los Buendía, una estirpe que se asemeja a toda la humanidad.

En nuestro caso, quienes se están encargando de acribillar de a pocos nuestra querida Piura son las mismas autoridades, los ciudadanos adormecidos, la furia de la naturaleza, una naturaleza que busca despertar esa memoria frágil que tenemos los piuranos, los peruanos. No es la primera vez que nos afectan las lluvias, sino que es un fenómeno que forma parte de nuestra naturaleza de región cálida. Pero parece que aún no hemos aprendido. Y eso me da mucha pena. Y rabia también.

Todo lo había preparado con tal sutileza y estrategia militar que no se le había olvidado ni el lugar adonde la llevaría a conversar. Sabía que ésa era la última vez que la vería, que no volvería a sentir el aroma de sus labios rozándole el cuello. Por eso Emerson se había esforzado de que todo esté en perfecto orden, que su color de polo armonice con su jeans desteñido y sus zapatillas remendadas, que sus bolsillos estén llenos de chicles y caramelos, sin olvidar su billetera con los únicos diez soles que le había prestado su hermana, el día que trabaje mi billetera rebotará de dólares. Tampoco había olvidado ensayar el poema Me gustas cuando callas de Neruda. Sabía que Úrsula era una persona lacónica y nostálgica, y él, aprovecharé la oportunidad, había dicho.
Se encontrarían a las tres de la tarde, con el calor inmenso de Piura, en el parquecito que quedaba enfrente de la iglesia, para que así los santos nos bendigan. Pero ahora, mientras miraba su reloj, se sentía cada vez más inseguro. Eran las tres y veinte, si no viene dentro de diez minutos me largo y que se joda, pero Úrsula apareció. Venía más linda que siempre, con un polito negro a la cintura, que dejaba entrever su ombligo perfecto, y una falda de hilo que armonizaba con la pulsera que calzaba en el pie. Discúlpame por la demora pero es que no encontraba carro. Después se sentó a su lado. ¿Nos vamos?, le dijo Emerson con tono que revelaba su ansiedad. No, tengo que esperar a una amiga, le respondió mientras lo miraba fijamente. Está bien, sólo porque me miras así. La conversación entre los dos transcurrió en torno a asuntos triviales, la casa, la universidad, los amigos,…
Después de que los tres fueron a recoger las parrilladas, que había sido el pretexto perfecto para que Úrsula saliera de casa, ella se despidió de su amiga. Ahora sí vámonos, puedo llegar hasta las ocho a mi casa, le dijo mientras lo jalaba apresuradamente. Caminaron lo que no hubieran caminado en un día normal. Pasaron por la catedral de Piura, el Malecón Eguiguren y llegaron hasta Santa Isabel. Mientras caminaban, ella le preguntaba ¿adónde vamos?, y él, tú sólo sígueme si confías en mí. Emerson conocía Piura como la palma de su mano; ella no, era de Lima y una vez ya se había perdido con su hermanito.
Caminaron lentamente por la country, ella saboreando el helado que Emerson le había invitado, y él llevando las parrilladas de Úrsula. Se sentaron luego en una banquita del parque de Santa Isabel y conversaron acerca de la apuesta que había quedado pendiente la noche anterior. Emerson le había dicho que deseaba probar si es que ella era capaz de dejar de hablarlo un año, en el fondo quería comprobar si Úrsula lo amaba tanto como él a ella. Pero no era consciente de que el orgullo de las personas es más fuerte a veces que los propios sentimientos, y Úrsula tenía muy claro esto. Por eso aceptó la apuesta después de que Emerson insistiera tanto.
Luego que todo había sido acordado, Úrsula le dijo, ¿nos vamos? No, espérate….ehh…sólo una última cosa, le respondió con voz dubitativa y casi temblando. ¿Puedo hacerte una pregunta?, le interrogo, sí claro. ¿Estás de acuerdo con la apuesta, no quieres agregar algo más? Deseaba que le diga que no, que no estaba de acuerdo y que todo había sido una broma. Pero no, era verdad y allí Úrsula se lo estaba demostrando con su actitud de seguridad. No, todo está bien. No me digas que ya te arrepentiste. No, como que, claro que no, un año, un año. Ya se iban cuando Emerson la detuvo del brazo, Úrsula puedo pedirte un favor: Sí, claro, somos amigos no. Siéntate, quiero que sepas que eres una gran amiga y que me has enseñado muchas cosas, y para agradecerte lo que has hecho por mí quiero abrazarte, ¿puedo hacerlo? Sí, claro. Entonces Emerson apartó la bolsa de parrilladas que hasta ese momento había sido la barrera que los había separado, y la abrazó. En ese abrazo recordó, en un flash back, los momentos que habían pasado como enamorados, el aroma de su piel, el sabor de sus labios. Se emocionó tanto que quiso besarla, pero ella, sólo dijiste que querías abrazarme, le reprochó mientras volteaba sus labios. Bueno, le dijo levantándose, si ya no tienes nada más que decir, entonces vámonos, es tarde y en mi casa deben estar esperándome. Entonces él, derrotado, humillado por el destino y el orgullo de Úrsula, lo último que quiero hacer es esto, y le tocó el mentón hasta la eternidad, como solía hacerlo por las noches cuando juntos se perdían en un mar de besos, en la oscuridad de la noche y el murmurar de los transeúntes que a esa hora deambulaban por el Parque Infantil, su escenario de amor.