Son poco más de las 10 de la noche y aún estoy en el diario, vigilante ante cualquier acontecimiento que podría cambiar la portada del diario o las notas abridoras de las respectivas secciones. Es el tercer sábado que hago turno en Lima, la sección donde trabajo, y hasta hoy no ha ocurrido algo realmente fuerte que merezca la pena contar. El sábado pasado me enviaron a las ocho de la noche a cubrir una fuga de gas en Angamos, donde según los vecinos se había producido la ruptura de una tubería de gas natural. Hasta hoy aún no se ha determinado la causa exacta de este fenómeno. 

Entonces se me viene a la memoria aquella historia que me contó Diana Seminario, la editora de Política, cuando se produjo el atentado terrorista en Tarata. Ella estaba de turno en la sección y tuvo que cubrir este acontecimiento. Fue al´go increíble según me cuenta porque a esa hora ya no hay redactores en el diario. Y los pocos que se quedan deben asumir la responsabilidad a esa hora – ¿a ver quién te contesta el teléfono?- de escribir la noticia que será portada el día de mañana.

Definitivamente es un trabajo duro este de ser periodista, pero que a mí me apasiona a tal punto que espero a que sean las once de la noche en punto para irme a casa, con la conciencia tranquila, sabiendo que cumplí con mi deber y que mañana será un nuevo día para empezar, para informar y dar a conocer al mundo aquello que ocurre todos los días.