De cómo la formalidad de un evento universitario terminó convirtiéndose en un excelente espacio de intercambio cultural, y alguito más.

Cerca de una decena de buses estacionados y una cola interminable de muchachos de distintos colores y formas, hacían presagiar la magnitud del encuentro. Una reunión universitaria que comenzó en el interior de los vehículos, donde más de un universitario aprovechó la ocasión para bromear con el vecino del costado. Entre risas, intercambio de experiencias y expectativas, los jóvenes realizaban los previos de una maratónica jornada de tres días full time.
¿Quién dijo que estos encuentros formalones eran aburridos? Más de uno lo pensó –me incluyo–, seguro. Pero, más allá de la ajetreada e interesante agenda académica que ocupaba casi todo el día, lo realmente divertido y chistoso fue el espacio que cada uno construyó aquellos días. A la hora del almuerzo, la cena o al final del día – el momento no importó–, siempre el calor humano hizo que la gente se conectara, sino pregúntenle a Armando Cavero, el organizador del evento, que cambió saco y corbata por una buena dosis de bailecito y jarana con alegres chicas.

El del jueves fue un gran ‘bailetón’. Al aire libre, algunos tragos y el ritmo de una orquesta que se portó como las grandes. Nadie puede negar que no hubo mejor forma de clausurar un evento como ese. El tema “Solo tú”, del Grupo 5 de Monsefú (Chiclayo) hizo olvidar a los estudiantes el frío característico de Ancón en estos meses. Aunque claro, la antesala fue propicia para que más de uno coree canciones como “Mi propiedad privada”, “Mal paso”, o las siempre sentimentales letras de Eva Ayllón. Tanto así que dos desinhibidos jóvenes trujillanos se lanzaron a la pista de baile a zapatear una rica marinera norteña. ¡Y que venga la segunda! En el público quedó flotando la interrogante ¿Quién dijo que los ‘chanconcitos’ no sabían bailar?.

De pronto aparecieron jocosos parientes de Mefistófeles, zapateando al son del tambor, llenando de brillos una nochecita que se extendió hasta la mañana siguiente. Un entusiasmo que siguió hasta en las sesiones del día, cuando los estudiantes persiguieron a Luciana León, a Álvarez Rodrich o Meche Áraoz como periodistas. Y todo por el CADE.
Incluso las mismas sesiones fueron espacios de distensión para aquellos que llegaron con la ilusión de entretenerse. ¿Quién dice que no lo consiguieron?

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Cuando desperté después de una bomba explosiva, estaba convertido en una verdadera piltrafa. Al levantar un poco la cabeza, la sentí tan pesada como si me hubiese caído un millar de ladrillos juntos. Las botellas de ron estaban vacías, la grabadora aún estaba sonando, mi ropa repartida por los suelos.
En mi cama, tumbado boca arriba y resaqueado, habría de recordar mi primera bomba universitaria, una jornada épica, inolvidable como los besos de B.
Confiado, pensé “qué puede pasar” si ya me estrené en el arte de la chupeta, “a lo macho varón”, como decía mi abuelo que en paz descanse. Fue una bomba que vaya uno a saber cómo comenzó, con una botella de chuchuhuasi y terminó con unas chelas, luego de algunos piscos de cinco soles en medio.
Y tras recordar con una sonrisa en el rostro descompuesto, caí en cuenta de que no he aprendido nada, como no mezclar ron con pisco.
Y es que nuestras primeras borracheras en la universidad, al final, se convierten en una suerte de eslabón social, con el que ganas amigos, simpatizantes, militantes y también enemigos. Un trago que une a la velocidad de un seco y volteado.
Es sorprendente como una botella de cerveza, sazonada por un buen ceviche, luego de una pichanga de miércoles, puede engancharte con gente hasta ese momento desconocida para ti, cachimbito, calichín perdido en esa selva llamada universidad.

Y tú, cuéntame, ¿cómo fue tu primera bomba en la ‘U’?

“Yaaa dale, voltea rápido gordo… ¿O es que la panza no te deja girar?”, grita furiosa una mujer de chompa roja, al tiempo que remece la malla metálica a la que está agarrada, presa de la emoción.
Su equipo empata y ella intenta ‘animar’ a los jugadores. Los hinchas que ojean el partido, desde una pequeña tribuna, se ríen.
La pequeña tribuna de la cancha del Barrio Obrero, en La Victoria, es una verdadera selva desde el pitazo inicial. Los gritos e insultos al árbitro –le dicen que es un vendido y le mencionan a su mamá- son tan frecuentes como las zancadillas, codazos y jalones de camiseta entre jugadores. Mismo clásico de fútbol –aunque sin Copa Cable Mágico de por medio -, el ambiente se condimenta con ajos, cebollas y otras verduras que se escupen a la misma velocidad de un tiro del tigre o un remate de media cancha. Un espacio sazonado con canciones de las barras, el sonido de las maracas, los bombos y las panderetas, que le otorgan una atmósfera chistosa al partido.

No importa si se juega con pelota de trapo o con una de cuero, si es en una cancha de arena o entre dos calles, si te aplauden barristas en minifalda o solo te observan un par de mocosos. Al final los partidos de fútbol están destinados a convertirse en una suerte de batalla campal, dentro y fuera de las canchas. Un torbellino de insultos, críticas ácidas y frases chistosas, inventadas al momento, por ojos y corazones concentrados únicamente en que el balón cruce el arco contrario.
Tú lo sabes. Lo experimentas en las pichangas de los miércoles en la canchita de la universidad, donde las broncas por la apuesta se terminan sofocando con un par de chelas, que después son tres, y cuatro… Y ya perdí la cuenta. ¿Qué importa? Es el poder armónico de las maratónicas faenas futboleras, donde jalar las mejores puntas es la voz. Así te aseguras un cuadro galáctico, invencible, capaz de derrotar a los mejores equipos, los de Ingeniería, de Educación, ese de Derecho que siempre tiene un jugador mañoso.

Pero no me desprecies al calichín que siempre te hace barra, ese que pone la pelota y nunca juega, pero que alienta, varón. Esa pieza de recambio nunca utilizada, el que siempre se viste, calienta y nunca debuta. No hagas que se saque la camiseta, vaya a ser que lo confundan con barrista del otro equipo y le peguen peor que pelota de trapo.
Es emocionante sentir el orgasmo del gol, la angustia del marcador en contra, el estallido de las barras coreando tu nombre, los ojos de la chica que te gusta mirándote jugar. ¿Conoces eso, tú, jugadorazo?